03 de abril de 2018
03.04.2018

Alicia Koplowitz dona al Prado un retrato femenino de Federico de Madrazo

El cuadro «Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja» de 1852, es una de las obras relevantes del retratista

03.04.2018 | 04:15
Alicia Koplowitz dona al Prado un retrato femenino de Federico de Madrazo

Alicia Koplowitz ha donado al Museo del Prado el cuadro «Josefa del Águila Ceballos, luego marquesa de Espeja», un retrato realizado por Federico de Madrazo y fechado en 1852, una de las obras más relevantes del período de madurez del artista.

La donación fue aceptada ayer en la sesión plenaria del Real Patronato del Museo del Prado. Según el museo, desde su exhibición en la muestra monográfica que el Prado dedicó a Federico de Madrazo en 1994, esta obra era uno de los objetivos prioritarios para el enriquecimiento de sus colecciones, que carecían de un retrato femenino de cuerpo entero en exterior de la década de 1850.

Este periodo es justamente el de mayor calidad en la trayectoria de Federico de Madrazo, el mejor retratista español en ese decenio y el que obtuvo la mayor fama internacional, según explica el Prado, que recuerda que ningún otro pintor de retratos alcanzó en esos años en España la calidad que revela esta obra.


Casada con el duque de València

La pintura, en buen estado, conserva su marco isabelino original, que está actualmente en restauración para exponerse a partir del próximo 7 de mayo.

La retratada, doña Josefa del Águila y Ceballos Alvarado y Álvarez de Faria (San Sebastián, 16 de febrero de 1826- Madrid, 26 de diciembre de 1888), casada en 1850 con José María Narváez, II vizconde de Aliatar y años después II duque de València, tenía 26 años cuando, según la fecha del lienzo, se realizó el retrato, que se completó dos años después por el artista.

Este retrato, de gran elegancia en la pose, interpreta la refinada elegancia puesta en boga por Jean-Auguste-Dominique Ingres, con un tratamiento de gran calidad en el vestido de encaje, el chal bordado y el tocado de plumas.

El cromatismo de la obra, de gamas muy claras, es muy delicado tanto en el chal como en el vestido y destaca las transparencias de los encajes dibujados con pinceladas precisas.

Mientras, y tras una escalinata con balaustrada, se refleja el fondo de un parque con altos árboles y cielo azul, tratado con una pincelada amplia, señala el Museo del Prado.

Se trata de un escenario similar al que el artista había plasmado cinco años antes en su retrato de Leocadia Zamora y Quesada y al que, años después, en 1858, pintaría, con alguna variación, en el retrato de Bárbara de Bustamante y Campaner, ambas obras en colecciones particulares en Madrid.

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