18 de enero de 2010
18.01.2010

El río Turia y las maderadas

18.01.2010 | 01:00
Un gran número de "ganxers" en el río Turia, a la altura de Chelva.

oan B. Viñals, vecino de Valencia, rememora un oficio ya olvidado, el de "ganxer", y explica cómo aquellos intrépidos hombres transportaban las maderas y los troncos por el rio Túria, desde Teruel, hasta la capital. Un recorrido por uno de los oficios que más expectación creaba.

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Las maderadas por el Turia eran antaño un acontecimiento que suscitaba gran expectación en la ciudad de Valencia. Con su arribada y posterior amontonamiento en la hondonada del río Turia, concluía el trabajo de aquellos intrépidos gancheros, originarios de los Serranos. Y por lo tanto había acabado el arriesgadísimo y temerario rally de las maderadas río abajo. Desde siempre, el Turia ha estado muy unido con Valencia, y particularmente con la cuenca u hondonada donde se conformaban las tierras marjales en el septentrión de extramuros de nuestra ciudad. Precisamente en ese lugar, era donde últimamente se amontonaban aquellas colosales montañas de troncos arrastrados río abajo, desde los Serranos.
Nuestro río nace en el pequeño pueblo aragonés Guadalaviar, de nombre árabe. De la época que la urbe se encontraba sitiada por las huestes del Cid Campeador, una expresiva elegía árabe hace mención expresa al Guadalaviar; río, que tan estrechamente vinculado ha estado desde siempre a la vida o la desolación, todo como consecuencia de los cambios originados por las propias circunstancias naturales, o en función de sus cíclicas crecidas y de los procesos de desbordamientos de la red de paleo, cauces y torrenteras que discurrían por la parte izquierda donde, como hemos dicho anteriormente, el viejo arrabal y el río se fundían como un sola cosa, que los valencianos decimos, aigua molls o terres marjalenques.-"El tu muy noble río Guadalaviar, con todas las otrasaguas de que tú muy bien te servias, salido es de madre e va donde debía".
De esta tan arriesgada como peligrosa profesión han escrito entre otros, Teodoro Llorente, J. Pardo de la Casta, Manolo Cambra Martí, Miguel Romero Zaiz, José L. Lindo Martínez y Manuel Sanchis Guarner, que en su libro -"La Ciutat de València (1983)- se refiere de la manera siguiente a tan espectacular profesión. "(É) Hom distinguia la 'fusta de mar' o d'importació desembarcada en el Grau, de la 'fusta de riu' procedente dels boscos d'Aragó i del Serrans, que era devallada surant pel Túria, en rais conduïts per intrepits 'ganxers' de Xelva o Ademús, i apilada en 'peanyes' a Marxalenes i a la Saidia'(SIC)".
Previamente a la llegada de la maderada, se ordenaba atrancar todas las compuertas de los azudes, tanto los de la parte derecha, como de la parte izquierda del río, y de esa manera se propiciaba aumentar sensiblemente el caudal del río, para trajinar mejor con los troncos por el, por aquellos tiempos, caudaloso cauce del río Turia.
Don Luís B. Lluch Garín, notable erudito local, hace la siguiente
descripción en "Los Bosques Valencianos" (1957),-(É) El pregonero del bosque era aquella voz que, como un heraldo corría por las calles de nuestra vieja ciudad:
- ¡Ha llegado la maderada!".
Todos los vecinos llenaban el puente Nuevo, nuestro actual puente de San José, y se acomodaban sobre la barandilla para contemplar a sus anchas y con toda comodidad aquel curioso espectáculo (É).
Nos dice y cuenta don Teodoro Llorente, en su "Historia de Valencia" que los madereros Chelvanos, y también -añado yo- los buenos madereros del Rincón de Ademuz. "Era gente sobria y valiente -sigue describiendo el citado autor-, de tostado cutis y músculos de acero, de aspecto semiarábigo, vistiendo tosco y acampanado sombrero de negrusco fieltro, fuerte chaquetón de paño pardo, voluminosa faja y cortos zaragüelles de lienzo blanco y empuñando el gancho de su oficio , fuerte alabarda con la cual guían los maderos, los separan, los recogen y dan curso habilísimamente a ese montón enorme de troncos que de el río llega, y que en cada instante amenaza con un peligroso embarrancamiento. Por un mísero estipendio -continúa el citado don Teodoro Llorente-, tres reales y medio de jornal en dinero, cuarenta onzas de pan negro, una de aceite y media azumbre de vino, pasa tres o cuatro meses aquella pobre gente, viviendo como anfibios. Este ejército se divide en vanguardia, centro y retaguardia, cuyas divisiones forman cuadrillas de ocho hombres, con su jefe, que es un cuadrillero, su ranchero y una acémila. Marchando a la cabeza de cada división un mayoral, bajo el inmediato mando del gran ganchero. La tienda, que es a modo de cuartel general, va a retaguardia; en ella se hallan los almacenes del avituallamiento que permitía proporcionar las raciones de los gancheros, las cuales toman y pagan en los pueblos del tránsito. También conduce el estado mayor, con el gran ganchero, que es el que dirige las operaciones de la navegación. La viga mayor, que llaman la capitana, va la última, adornada con ramas, que parecen las velas de un navío, como tutelando aquella expedición, haciendo alarde de su grandeza. En este estado marcha el ejército por el río, dominado por veinte o cincuenta mil troncos, que van empujando los gancheros, y caminan según lo permite la corriente y los escollos de tan dificultoso recorrido (É)".
Todo lo contrario que a los sobrios y esforzados gancheros valencianos, les ocurría a los gancheros de las cuadrillas de hombres conquenses, que disfrutaban de la consideración de ser proveídos durante la travesía con comida condimentada por mujeres, que hacían las veces de cantineras y que eran conocidas con el cariñoso sobrenombre de las bonacheras.

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