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La odisea de Mitch, el irlandés

El cierre de las fronteras aísla a un dublinés en València que viajó a la ciudad para un trabajo temporal

Mitch posa con el carro con el que recoge ropa de los contenedores, una ruta que le permite conocer la ciudad.

Mitch posa con el carro con el que recoge ropa de los contenedores, una ruta que le permite conocer la ciudad. levante-emv

Desde hace dos semanas, Mitch sale cada mañana a andar por la ciudad empujando su carro de supermercado. Se ha marcado un rumbo que sigue a pies juntillas y así, de paso, descifra un laberinto de calles que no había pisado nunca. La ruta de los contenedores para conocer València, podría titularse su canción. Hace semanas que llegó a València y no puede regresar a Dublín. Viajó a España para la vendimia de La Rioja, en octubre, a ganarse unas perras. Es el sino de su existencia: recorrer Europa en busca de ocupaciones temporales. Terminada la recogida de uva, se vino de Logroño a València en autobús. Un conocido le había ofrecido trabajar con un camión de chatarra, la forma de ganar un plus antes de su retorno. Pero no ha vuelto ni sabe cuándo volverá.

Cerradas las fronteras, la pandemia ha dejado atrapado a este ciudadano irlandés en València con apenas unos euros, porque lo que gana lo envía para la pensión de su exmujer y su hija, y sin un mínimo vocabulario de castellano. «Iba a volver con una compañía low cost, pero no hay vuelos. También he intentado salir de España en autobús hacia Francia y luego buscarme la vida para llegar a Irlanda, pero es imposible salir. No hay vuelos ni autobuses», explica con un melodioso acento irlandés.

Ataviado con un pantalón de chandal del Valencia CF, sudadera de algodón y deportivas, Mitch penetra con su carro en la fantasmal Ciutat Vella por la calle Pintor Zariñena. Su trayecto en busca de ropa, o de algún objeto que le sea útil, no es sólo por necesidad. «De paso, me mantengo activo, entro en calor y conozco la ciudad», explica. Su mayor problema, añade, no es la falta de recursos, que también lo es. Es otro mucho más nocivo: la soledad. La angustia metafísica de sentirse solo en un cosmos indiferente a todo lo que no sea el maldito microbio. «No hablo nada de español y eso todavía me lo pone todavía más difícil. Aunque creo que sería lo de menos, porque no hay gente por la calle y, la poca que hay, no habla. Mi único conocido ?el de la chatarra- se fue con la familia a Bulgaria al ver el panorama. Yo ya no encontré billete para irme. Necesito hablar, relacionarme, pero me siento aislado allá donde voy», dice.

Dónde va Mitch, aparte de las calles, es al comedor de la Casa de la Caridad, algunos días, dónde siguen sirviendo las comidas por turnos y entre comensales se cumple la distancia mínima de un metro. También al Parque de Marxalenes, a dormir, del que no pide que omitamos su nombre pese a que los parques públicos están oficialmente cerrados. Nadie se ha percatado de su presencia y, si lo ha hecho, miran hacia otro lado. «Soy invisible. Ni siquiera la policía, con la que me cruzo de vez en cuando, me pregunta. Ni me para», se explaya. «No hay consulado de Irlanda en València (el más cerca está en Alicante), así que de momento espero a que esto termine», apostilla mientras baja los brazos.

Mitch se lava las manos en las fuentes, pero sin jabón. Ha estado en contacto con personas en la Casa de la Caridad y pasa frío por las noches. Pero no teme a la covid-19. Pillar el virus made in Wuhan se la trae al pairo. Se levanta la playera bajo la sudadera y enseña el torso; luego hace lo mismo en el pantalón, bajo la rodilla, y, después, en el hombro. Muestra 3 cicatrices bien visibles. De viejas heridas profundas. «Tengo una salud de hierro, no me preocupa. Recibí 3 disparos en la Guerra de Irak, pues combatí como mercenario con el ejército turco, y me recuperé pronto. No me pongo enfermo nunca», asegura con expresión introvertida, pero sonriente.

Con 56 años mantiene una dentadura joven, síntoma inequívoco de que es un tipo que no se abandona. No hay signos de deterioro físico acelerado en el mapa de su cara. Tampoco de deterioro psicológico. Su discurso es lógico y ordenado. «Sorry, ¿dar un sigarillo?», larga el irlandés a una chica con mascarilla que anda presurosa. «No tengo», contesta la joven sin mirarle. «¿Ves?, nadie habla, nadie ayuda», responde resignado antes de que el periodista le invite a esperarse 2 minutos para bajar unos cigarrillos de casa y amenizar la conversación con unas dosis de nicotina.

Entre calada y calada, Mitch cuenta que la gente solidaria escasea. Sólo pide educación, ser visible. «En la Casa de la Caridad son muy amables. Y algunos africanos que hay en la cola, también», espeta. Tiene ganas de hablar. La charla continúa ante la mirada furtiva de una vecina desde su ventana. Está prohibida cualquier reunión en la calle, aunque una de las dos personas lleve todas las medidas de protección recomendadas y les separen 6 baldosas. No hay mucho tiempo. La policía podría llegar en cualquier momento.

«La moral es lo más importante»

«¿Si soy religioso? Sí, soy adventista. Me bauticé en el Támesis. Mi religión no es de palabras, sino de hechos, de reflexión, de moral», añade con voz calmada mientras se señala el corazón con los ojos vidriosos. «La moral es lo más importante. Ójala esto cambie a la gente», añade con su voz rasgada al estilo Leonard Cohen. El google aclara, un rato después, las dudas del interlocutor sobre los principios de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. La pureza moral, al menos como ellos la entienden, está en la cumbre de sus preceptos: «El cristiano debe evitar y rechazar todo lo que pueda contaminar su mente y su vida (.). Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Fil. 4:8)». Su dios también le aconseja no beber alcohol.

Mitch no tiene ninguna prisa, pero la conversación ha de terminar. Continuará el sábado a la misma hora. El irlandés se lleva del contenedor una vieja chaqueta Columbia, de las caras, y una hora de conversación, pura terapia para levantar el ánimo . Sonríe, empuña el carro y se marcha con paso firme hacia otra esquina. El silencio es la música perfecta para amenizar la despedida. La de un tipo solitario que huye, por primera vez, de su propia soledad.

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