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El último jaque a la democracia

La intentona golpista que sitió las calles de València hace 40 años sacó a relucir las frágiles costuras de la democracia y sus instituciones - Los historiadores advierten del riesgo de banalizar los acontecimientos ante nuevos escenarios de polarización

Los tanques avanzan por las 
calles de València, en la 
noche del 23F.  levante-emv |

Los tanques avanzan por las calles de València, en la noche del 23F. levante-emv |

Fue el primer toque de queda de la democracia. También el más corto. Han pasado casi 15.000 días, pero el recuerdo de los carros de combate desfilando por las calles de una València sitiada por el Ejército conserva toda su nitidez en la mente de quienes vivieron en sus carnes el 23F.

Joan del Alcázar, catedrático de Historia Contemporánea, tenía 21 años y cometió el «atrevimiento juvenil» de coger el coche junto a un amigo, bajo el pretexto de comprar unas medicinas que en realidad no necesitaba, para comprobar de primera mano la magnitud del desfile de tanques, tropas y morteros en una ciudad completamente desierta de elementos civiles. «Los soldados estaban tan asustados como nosotros. Fue pavoroso porque el ruido de los carros de combate era ensordecedor. Es una imagen que no se borra».

La orden de los partidos y sindicatos fue clara: había que quedarse en los domicilios y esperar. «La noche fue muy larga. Teníamos todo tipo de materiales y publicaciones en casa y hubo gente que comenzó a quemar cosas», evoca Del Alcázar, entonces militante del PCE.

El exrector de la Universitat de València, Pedro Ruiz, estaba jugando con su hijo cuando la noticia de la irrupción de Tejero en el Congreso le empujó a coger a toda prisa su coche para asegurarse de poner a salvo a su mujer, que estaba en una reunión. Al volver a casa, sobre las siete de la tarde, el capitán general Milans del Bosch acababa de declarar el estado de excepción en València, la única ciudad donde el poder militar apoyó decididamente la intentona golpista. «Entre los compañeros había mucho nerviosismo. Hubo quienes prepararon las maletas para marcharse». Más tarde, Ruiz supo que su nombre figuraba en una lista de profesores señalados. Si el golpe triunfaba, quién sabe.

Albert Girona acababa de regresar del servicio militar y estaba trabajando en su tesis. «Era como vivir un mal sueño que nadie esperaba ni entendía», recuerda. Cuarenta años más tarde, Del Alcázar, Ruiz y Girona, los tres historiadores, coinciden en el diagnóstico de cómo aquel acontecimiento, dulcificado en la visión popular con el paso del tiempo por su fracaso y su iconografía de ópera bufa, evidenció las frágiles costuras del incipiente régimen democrático. «Los que vivimos el golpe en nuestra edad adulta y en esta ciudad vimos pasearse los tanques, tenemos una memoria muy viva de ese momento político y los peligros que entrañaba. Es muy distinto el recuerdo en las generaciones más jóvenes», resume la también catedrática de Historia Aurora Bosch, que advierte del error de banalizar la envergadura del episodio. «Es como si restáramos importancia al asalto al Congreso de EE UU porque fracasó y parecía ridículo», incide.

El último jaque a la democracia

Un cóctel explosivo

La incorporación del Partido Comunista al juego democrático, los avances en la descentralización del Estado y un índice inasumible de atentados mortales con los sellos de ETA y el Grapo alimentaron una bomba de relojería que detonó aquel 23F, con la descomposición de UCD y la dimisión de Adolfo Suarez como telón de fondo. Lejos de la narración relativamente idílica que se ha instalado en el imaginario colectivo, Del Alcázar comparte que el intento de golpe fue algo muy serio. «Comprendimos que la democracia era muy vulnerable y que sus enemigos podían ser muy poderosos», expone el historiador, convencido de que hoy suele hablarse «con demasiada ligereza» sobre lo que significó la recuperación de la democracia en España y la Constitución del 78. «A veces se olvida que las transiciones responden mucho a las correlaciones de fuerzas y en la España del momento eran las que eran». La transición española, así, no fue ningún «vals vienés». «Fue muy violenta», remacha.

Para Pedro Ruiz, la clave de lo que sucedió después estuvo en la potente reacción popular contraria al golpe. «Se generó un consenso en torno a la necesidad de consolidar y dar estabilidad a la democracia, que se tradujo en la alternancia política de un año después», con la llegada del PSOE al Gobierno.

En Valencia, más de 200.000 personas salieron a la calle el 24 de febrero para defender la Constitución. «Fue un alivio. Por primera vez la gente se ponía por encima de partidos y ortodoxias políticas para dar una muestra palpable de que no se quería volver atrás, sino reafirmar la democracia con la voluntad de superar esa etapa todos juntos», explica Girona, que describe el 23F como el «momento cenital de la transición», un punto de inflexión que reforzó el convencimiento de que «había que preservar y defender las instituciones». «Nada volvió a ser igual», enfatiza.

Cuatro décadas después, los historiadores valencianos observan como descabellada la posibilidad de que una situación similar pueda repetirse en el contexto actual, aunque trazan algunos paralelismos y advierten sobre nuevos peligros. «La crisis actual de la democracia liberal nos demuestra cada día la fragilidad del sistema democrático y la necesidad de estar vigilantes respecto a las tensiones y ataques desde dentro», reflexiona Aurora Bosch, que pone el foco en la falta de compromiso de ciertos partidos con las instituciones.

A juicio de Pedro Ruiz, lo preocupante es la inestabilidad y la extremada polarización de los discursos políticos. «Se radicalizan tanto las posturas que no hay campo para el diálogo y los problemas se enquistan porque se busca el enfrentamiento continuo entre polos antagónicos», una relación que para el catedrático «recuerda otros tiempos que muchos creíamos que no volverían».

En la misma tesis sintoniza Joan del Alcázar, que alerta del peligro de la «hiperpolarización» y la «hiperpartidización» en un escenario de confrontación permanente. «La desaparición de los grises es un mal camino para la convivencia que aboca a situaciones hasta ahora impensables, como el crecimiento de la extrema derecha». El profesor hace hincapié en que, el 23F, los golpistas aprovecharon una coyuntura de gran tensión y polarización. Según Girona, en 1981 se cerró un ciclo de intervenciones militares «teatrales y decimonónicas» que considera impensables en la coyuntura actual, por el aislamiento internacional en el que quedaría sumido el país. Ahora bien, el historiador aboga por revisar el marco del 78 para incorporar nuevos derechos.

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