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Análisis

A la izquierda le duele València

Las direcciones admiten el desgaste pero evitan intervenir confiadas en la estabilidad del voto

Joan Ribó y Sandra Gómez, en un pleno de València. | M.A.MONTESINOS

¿Puede la izquierda gobernar la Generalitat sin ganar en la ciudad de València? Difícilmente. Casi imposible, si se tiene en cuenta que el otro gran polo de población, al sur de la Comunitat Valenciana, es el espacio donde el PP logra sus mejores resultados. La capital es la joya de la corona para la izquierda. «Perderla es perderlo todo», «sin la mayoría en València no se gana la Generalitat», admiten sendos dirigentes de Compromís y PSPV, respectivamente. Y València, la coalición de ambos partidos bautizada en esta segunda legislatura como gobierno del Rialto, ha entrado en una dinámica de sucesión de conflictos: desde asuntos estratégicos, como la ampliación del puerto o el plan urbanístico de Benimaclet, a cuestiones superficiales, como el monolito por el 15M y dedicar (o no) una calle al expresidente socialista en la II República Largo Caballero.

Una anécdota ilustrativa: los socialistas acudieron hace unos días a la sala de prensa del Ayuntamiento de València para presentar el destino del superávit del último presupuesto (el área de Hacienda les corresponde) y se la encontraron inutilizada y con la información ya avanzada por la otra parte del Gobierno.

Las direcciones autonómicas de ambas formaciones se mantienen, mientras tanto, alejadas del conflicto. «Se reconducirá, como se ha hecho siempre. Nos necesitamos», manifiesta un alto mando del PSPV. «Son más fuegos de artificio que problemas en la dirección política, que está muy definida», abunda la contraparte de Compromís. Pero el desgaste es admitido de forma unánime, así como la estrategia de no intervención. Al menos, por ahora.

El miedo existe, pero también una cierta confianza en que el enfrentamiento interno no se traduce en una merma electoral. El argumento se sostiene sobre lo ocurrido en las elecciones municipales de 2019, donde cada formación consolidó la bolsa de votos de 2015, el año de la sorpresa y el cambio, pese a las desavenencias, entonces casi siempre en torno a las áreas del concejal Giuseppe Grezzi, con un perfil público más bajo ahora, tras la estafa en la empresa de autobuses (EMT).

Culpas cruzadas

Las culpas se cruzan. La dirección socialista observa una radicalización a la izquierda en Compromís, que sostiene en ejemplos como el PAI de Benimaclet o en decisiones de orden simbólico. Engarza con la actitud de la coalición en los primeros meses de legislatura en el Consell, con una voluntad de marcar distancias con los socios y hacerlas visibles. Y con una estrategia de quemar el terreno a Unides Podem, la tercera fuerza en la izquierda. La dirección de Compromís acusa al PSPV de no asumir su posición y buscar protagonismo y «ruido» en asuntos como la situación urbanística del estadio de Mestalla.

La paradoja es que el desencuentro va parejo a una consolidación interna de los dos líderes de una y otra formación. El alcalde, Joan Ribó, parecía en 2019 encaminado a su último mandato. Hoy la corriente dominante es otra (también porque parece haber quedado fuera de esquemas que Mónica Oltra sea la candidata a alcaldesa en 2023): Ribó es el mejor cartel para las próximas elecciones en Compromís, un partido que el éxito ha forjado como muy de València.

Por su parte, la vicealcaldesa, Sandra Gómez, ha hecho los deberes en casa y ha afianzado su control en el PSPV de la ciudad.

La falta de puentes es clara y más notable desde 2019. Ramón Vilar y Vicent Sarrià, concejales socialistas con los que Ribó tenía una relación más estrecha, ya no están. Ribó y Gómez mantienen una comunicación fluida y frecuente, aseguran, pero eso no se plasma en una moderación de las diferencias. En estos casos se suele apuntar siempre a la responsabilidad de los entornos. De uno y otro.

Un factor diferencial en València con respecto a la Generalitat es que la ciudad cuenta con una referencia clara en la oposición. María José Català está firme al frente del PP e incluso reforzada como virtual número dos autonómica. Es muy posible además que encuentre una caja de resonancia y proyección pública mayor si, como parece, se convierte en poco en la portavoz en las Corts del PP.

El panorama no es para la relajación en la izquierda bipartita, a la que le quedan los argumentos del tiempo y la necesidad. Quedan dos años por delante hasta elecciones y saben que al final están obligados a entenderse. Pero ya saben que tienen un punto de debilidad en las grandes ciudades: ya perdieron Alicante. De momento, lo que hay es desgaste por la concatenación de conflictos internos y quietud de las direcciones autonómicas pese a la amenaza para la estabilidad del Consell. Sin València, no hay Botànic.

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