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Los "bastardos" que birlaron a Hitler la bomba nuclear

Los miembros del operativo no eran militares, de ahí el alias que recibieron

EL QUIÉN ES QUIÉN DE LA BRIGADA

El altar sagrado de la Segunda Guerra Mundial está ocupado por los nombres de los mandos militares que lograron las grandes victorias sobre los campos de batalla. Sin embargo, en él no hay rastro de figuras como el exjugador de béisbol Moe Berg, el físico nuclear Samuel Goudsmit, el general Leslie R. Groves y el resto de espías, científicos y soldados que participaron en el discreto operativo puesto en marcha por el bando aliado para boicotear los planes nucleares de Hitler. El secretismo de aquel plan ha privado a sus protagonistas de los honores que merecen en el relato del siglo XX, pero ahora el historiador y divulgador científico norteamericano Sam Kean ha rescatado en un libro sus heroicas peripecias y ha hecho justicia con el papel que jugaron en la guerra. ‘La brigada de los bastardos’ (Ariel) parece el guion de un rebuscado ‘thriller’ de acción ambientado en la gran contienda: hay secuestros de físicos atómicos, secretos militares revelados tras generosas ingestas de alcohol, ataques en paracaídas sobre fábricas de armamento nuclear y operativos fantasma para engañar al enemigo. Pero la historia que cuentan sus 470 páginas es tan real como el pánico que se apoderó del alto mando militar aliado cuando escucharon las advertencias que llegaron contando los científicos, muchos de ellos judíos, que huyeron de Europa en plena expansión del nazismo.

Esas informaciones hablaban de la supremacía científica en materia nuclear que Alemania ostentaba al comienzo de la guerra y llamaban la atención sobre la ventaja militar que esa circunstancia podía concederles. Al fin y al cabo, en las universidades teutonas se habían llevado a cabo los grandes hallazgos que cambiaron la historia de la física en el primer tercio del siglo y fue en laboratorios alemanes donde se descubrió el poder mortífero que tenía la fisión nuclear.

El Proyecto Uranio

En septiembre de 1939, dos semanas después de la invasión de Polonia, la Wehrmacht reunió a un grupo de investigadores, entre los que había figuras tan destacadas como Otto Hahn –descubridor de la fisión nuclear– o Werne Heisenberg –padre del principio de indeterminación sobre el que se asienta la física cuántica–, y les encomendó la misión de explorar las posibilidades armamentísticas de la energía nuclear. El programa se llamó Proyecto Uranio. Hitler no jugaba al despiste cuando en sus discursos advertía de su capacidad para fabricar el explosivo más mortífero de todos los tiempos.

En junio de 1942, el Ejército norteamericano hizo lo propio y puso en marcha el Proyecto Manhattan, capitaneado por el físico nuclear Robert Oppenheimer, pero a esas alturas de la guerra su principal preocupación no era adquirir los conocimientos necesarios para alumbrar la bomba nuclear, meta que alcanzarían tres años más tarde, sino averiguar cuánto habían avanzado en esa carrera los nazis, que les llevaban tres años de ventaja.

Para desvelar esa incógnita y boicotear los planes atómicos de Hitler, Leslie R. Groves, jefe militar del Proyecto Manhattan, seleccionó a un variopinto grupo de científicos, espías y soldados y los fue enviando a Europa en distintas misiones castrenses y de inteligencia. La Operación Alsos –nombre en clave del proyecto– era tan secreta que ni los propios mandos del Ejército conocían su existencia. De hecho, los miembros del operativo carecían de filiación alguna con el estamento militar, por lo que oficiosamente se les llamó la Brigada de los Bastardos.

El antecedente de esta operación de inteligencia y sabotaje lo protagonizaron los diez soldados ingleses y noruegos que en febrero de 1943 lograron infiltrarse hasta la planta industrial de Vemork, al sur de Noruega, para volarla por los aires y evitar que los nazis siguieran fabricando agua pesada, sustancia necesaria para elaborar la bomba nuclear. El éxito de la Operación Gunnerside –nombre secreto de aquella acción militar que Kirk Douglas encarnó en la película ‘Los héroes de Telemark’– consiguió retrasar los planes atómicos nazis, pero la instalación reanudó su actividad varios meses más tarde.

Dudas sobre su potencial

Las dudas sobre el verdadero potencial nuclear del ejército alemán quitaban el sueño a los responsables del Proyecto Manhattan, conocedores como nadie de los riesgos que entrañaba el uranio enriquecido si caía en malas manos, y para rebajar esa incertidumbre valía cualquier sugerencia. Esto incluía desde peinar con medidores radiactivos las ruinas que dejaban a su paso las bombas V-1 lanzadas por la Luftwaffe sobre suelo británico -misión que atendió durante meses el bastardo Samuel Goudsmit antes cruzar al continente en busca de rastros de la bomba atómica nazi- hasta localizar y neutralizar a científicos europeos que pudieran acabar involucrados en proyectos bélicos de carácter nuclear.

A esta tarea se dedicó el exjugador de béisbol Moe Berg, el brigadista que logró sonsacarle al físico italiano Edoardo Amaldi en Roma relevantes datos sobre los planes bélicos de los alemanes y a punto estuvo de liquidar a punta de pistola al físico filonazi Heisenberg en un callejón de Zúrich.

Quien sí falleció fue Joe Kennedy, el hermano mayor del futuro presidente de Estados Unidos, que se enroló en las acciones secretas del Proyecto Manhattan para bombardear con aviones kamikazes los búnkeres que Hitler había construido y ocultado en la costa francesa, y desde donde se temía que pudiera lanzar armamento nuclear sobre Gran Bretaña. Un error de cálculo a la hora de saltar de la aeronave acabó costándole la vida.

Con el transcurso de los meses, las misiones secretas de la Brigada de los Bastardos permitieron comprobar que el músculo nuclear alemán era menor de lo que temían, pero tampoco resultaba despreciable. «Alemania no pudo fabricar la bomba atómica, pero llegó a estar en condiciones de elaborar bombas sucias radiactivas que podrían llevado a la guerra a un punto muerto», advierte Sam Kean desde Washington.

En su opinión, el principal impacto de aquel operativo en el desenlace de la guerra fue otro: «los científicos del Proyecto Manhattan no habrían trabajado tan duro ni habrían terminado la bomba atómica antes de la guerra si el temor de una Alemania atómica no se hubiera cernido sobre ellos». El miedo a un apocalipsis nuclear nazi acabó tomando forma de seta gigante sobre el cielo de la ciudad de Hiroshima en el año 1945.

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