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Un planteamiento turístico para el embalse de bellús

Los tiempos de coronavirus en que vivimos están influyendo en la geografía comercial de Xàtiva. La pandemia está dejando al borde del abismo a infinidad de comercios de proximidad. Aguantan por las ayudas públicas o por la esperanza de una pronta recuperación. Todos comparten la agonía de la incertidumbre de unas medidas que les quitan un poco de vida económica día a día. Muchos negocios cierran sus puertas en Xàtiva, y otros se reinventan para adaptarse a la nueva coyuntura marcada por un virus, cuyas medidas de prevención del contagio están provocando directamente la ruina del sector cultural, hostelero y de ocio nocturno, o de toda aquella actividad relacionada con la aglomeración de gentes en espacios reducidos, o con pocas posibilidades de ventilación.

Con la histórica reedición de aquel toque de queda del 23-F, la cosa pinta a peor, y por ello va a requerir de mucha imaginación en la restructuración de unos sectores a los que se estigmatiza, a causa de la irresponsabilidad de una enorme minoría que antepone su derecho al divertimento en rebaño, por encima de las medidas de prevención para atajar la desbocada curva de contagios.

De toda crisis nace una nueva oportunidad. Reinventarse o morir es la máxima del capitalismo de libre mercado que triunfa en el mundo, y en el caso setabense, la reciente noticia de la deslocalización del histórico Forn de Plà de la calle Noguera al chaflán de Las Delicias, sirve de ejemplo para ilustrar como la fusión de un horno y una cafetería puede ser una nueva oportunidad en tiempos de pandemia.

El forn de Plà mantendrá su obrador en la calle Noguera y continuará dando servicio a su fiel clientela del casco antiguo de Xàtiva. Pero, a la vez, buscara nuevas perspectivas ante la muerte de la plaça del Mercat y calles colindantes, como aquel gran centro comercial de abastos, que fue hasta no hace muchos años. Y que, en poco tiempo, se ha especializado en el tardeo, la restauración y el ocio nocturno, no quedando más remedio a muchos negocios que el de emigrar hacia puntos urbanos más transitados y diurnos, como lo son el Portal de Sant Francesc y l’Albereda Jaume I, donde la vida comercial y familiar se desarrolla de día, y ahora más, tras la reedición del estado de alarma en forma de confinamientos perimetrales

La pandemia nos fuerza a lanzarnos a un mundo de aislamiento a través del teletrabajo, la digitalización, la compra por Internet, o hacia infinidad de formas de ocio virtuales, e incluso determina las relaciones sociales. En suma, se puede vivir sin pisar la calle, y el comercio de proximidad basado en las relaciones humanas toca a su fin sustituido por la pantalla y la gran superficie.

Pero hay tres negocios que pueden hacer frente a esta coyuntura adversa si juegan bien sus cartas, como son las panaderías, pastelerías y las cafeterías, donde lo artesanal y la especialización en productos diferentes de gourmet, les puede ayudar a campear la crisis gracias a que comer y beber no es sólo un placer, sino una necesidad ineludible.

Por las ordenanzas comerciales del siglo XVIII, lo que hoy entendemos, por horno-pastelería-cafetería no existía, y abarcaba toda una serie de negocios que por separado ocupaban la plaça del Mercat y alrededores, y podríamos agrupar en: molineros, horneros, panaderos y revendedores, que dominaban el mercado del pan. Mientras que lo dulce y salado quedaba en manos de las especierías —venta de condimentos varios como la canela, el clavo o el cacao—, confiterías—trabajaban con miel y azúcar—, y los bodegones—que realizaban empanadas de carne y pescado—. El Mercado mantenía cuatro paradas de pan común, una de pan francés o baguette, y otra de Vallecas o del rey. Permanecían abiertas desde el amanecer hasta las 9 de la noche. Su obligatoria presencia era fundamental para asegurar la cómoda subsistencia de los vecinos. Condición indispensable para su elaboración es que estuviese elaborado de trigo puro sin mezcla de centeno, maíz, cebada u otras semillas.

Bajo esta premisa, el alimento básico se podía elaborar de cuatro calidades. El pan común era el más barato y de menos calidad, le seguía la baguette, y por último, el más caro, el de Vallecas o del rey, realizado de trigo blanco, y cuya rosca valía el doble que el común que se servía con forma de barra o bollo. Y, por último, había otro pan de extrema calidad, el de agua, que era una versión de la Baguette en forma de crujiente bollito, más caro que los anteriores, y que sólo se podía fabricar con permiso especial, donde las autoridades sanitarias, a través del Tribunal del Repeso, debían vigilar su peso y precio por unidad. Suponemos que se elaboraría sólo en fechas señaladas y durante festejos importantes.

El éxito de un buen gobierno dependía de conseguir producir un pan de calidad, con nutrientes, asequible al bolsillo del ciudadano y que dejase beneficios en los márgenes comerciales a los panaderos. Por ello, y para no engañar a nadie, se realizaban en el Almudín, los ensayos públicos de pan. Una práctica consistente en establecer los patrones de elaboración del alimento básico durante tres fechas señaladas: Tots els Sants—noviembre—, Carnestoltes —febrero—, y otra pasada la Pascua, a mediados de abril.

Allí se hacía muestra pública a todos los horneros y panaderos, de cómo se habían de elaborar las tres calidades: el ínfimo —pan común, el mediano —la baguette— y el bueno —de Vallecas o del rey—. Para saber cómo elaborarlos, los maestros panaderos acudirían al molino a ver cómo se transformaba el trigo en harina, evitando mezclar diferentes cereales. Al día siguiente, en el Almudí y realizado por un maestro experto, se hacía pública exhibición de la elaboración de los rollos de los panes de las tres calidades, echando agua, sal y levadura, así como otros ingredientes que les correspondan, además del manejo de la masa, de forma que se elaboraran rollos tipos de pan común, francés o Vallecas.

Pasados los años, y sin ya ensayos del pan, y con un Mercat casi vacío de negocios de alimentación, sólo podemos decir que tanto el horno como el bar son los establecimientos que más sobreviven en el casco antiguo, y fueron los más numerosos en épocas pasadas, pero que hoy sólo dan servicio a una población escasa y envejecida, lo que ocasiona su necesaria deslocalización hacia puntos más densamente poblados. Es una mera cuestión de supervivencia para el productor, y de calidad para el consumidor que desee huir de las masas congeladas. O habrá que volver por ley a los ensayos públicos del pan.

Hace unos días los alcaldes y alcaldesas de los municipios del entorno del embalse de Bellús denunciaban la situación de contaminación, insalubridad y la no autorización de la Confederación Hidrográfica del Júcar para su aprovechamiento turístico. En esta zona de Bellús existió, desde el siglo XIX, un reconocido, por la calidad medicinal de sus aguas termales, balneario, al que acudían a tomar los baños y disfrutar de actividades recreativas visitantes de todo el territorio valenciano y provincias limítrofes e incluso se embotellaba una excelente agua, Bal Bellús, con declaración minero-medicinal —medalla de oro en la exposición internacional de Bruselas de 1891—.

A finales de los años 70 del siglo XX el balneario fue tristemente derribado y no pudo llegar a aprovecharse del crecimiento, a finales de los 90, del llamado turismo de salud y SPA (Salutem per Aquam). La finalización en el año 1995 de la presa de Bellús, con el objetivo de laminar las crecidas ocasionales del río Albaida para evitar que desembocarán en la Ribera del Júcar causando graves daños, tampoco supuso aprovechar el entonces naciente producto de turismo fluvial y de embalses como complementario al ya maduro turismo de sol y playa en los cercanos destinos costeros valencianos y alicantinos. Nunca tuvo esta presa un planteamiento de actividad turística complementaria que hubiera servido para dinamizar la economía de los municipios cuyos términos municipales sufrieron su impacto y generar puestos de trabajo para contribuir a paliar la despoblación, sobre todo del segmento más joven, obligado a marcharse a las grandes y medianas ciudades en busca de un futuro mejor.

Y es una lástima porque con una mínima inversión, realizada ya la gran obra hidráulica, en filtración sostenible, limpieza periódica y regulación de caudal, como se lleva haciendo hace años en muchos otros embalses similares de la Península Ibérica, se hubiera podido configurar un atractivo producto turístico de embarcadero, deportes náuticos o incluso pesca, complementándolo con otros recursos de gran valor cercanos como el paraje natural de l’Estret de les Aigües, la riqueza cultural y natural de Cova Negra, Cova de la Petxina y el canal histórico de Bellús a Xàtiva, o la actividad de escalada y deporte de aventura en otras cavidades.

Y a su vez, está potenciación turística se podría apoyar, como transporte sostenible público, en el uso de la línea ferroviaria Xàtiva-Alcoi, adecuando como punto de acceso el apeadero de El Genovés-Alboi, o uno nuevo cercano al embalse, que enlazaran itinerarios y senderos naturales turísticos en espacios abiertos, algo que la pandemia de la COVID-19 va a hacer si cabe más recomendable en los próximos años.

Puede que ahora, con miras a la reconstrucción y reactivación, tras el brutal impacto económico que han sufrido en mayor medida los pueblos pequeños alejados de los principales nodos de población y actividad, sea el momento, desde las administraciones locales, de plantear proyectos sostenibles y medioambientales, creadores de riqueza y empresas para incentivar las pequeñas economías municipales en zonas degradadas y golpeadas por la crisis económica y poblacional.

Los fondos europeos millonarios de reconstrucción con motivo de la COVID 19 pueden ser una oportunidad para armar propuestas, bien trabajadas, con criterio experto y basadas en prácticas con éxito en otros lugares parecidos. Y entre ellas, la de crear la infraestructura de una atractiva zona natural, deportiva, recreativa y de esparcimiento en el entorno del embalse de Bellús, capaz de captar un turismo sostenible y de proximidad, activando además un pequeño tejido productivo supramunicipal en la zona como garantía para sus generaciones de habitantes venideras.

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