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XXX Aniversario

Los 30 años inolvidables del Palau de la Música

El Palau de la Música de València celebra hoy sus tres décadas de actividad

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Los 30 años inolvidables del Palau de la Música

La noche del 25 de abril de 1987, la historia de la cultura de nuestra ciudad cambió para siempre: se inauguraba el Palau de la Música de València. Jamás habíamos soñado con un auditorio de esas posibilidades donde recibir a las grandes orquestas de Europa y Estados Unidos y a los más importantes solistas y cantantes internacionales.

Con una capacidad de casi 1.800 butacas, una acústica modélica y un amplio escenario donde situar a orquesta y coro, aquella construcción marcó un antes y después en los anales de nuestra música. El autor del proyecto fue el arquitecto sevillano García de Paredes, responsable también del Auditorio Nacional de Madrid y los de Granada y Murcia. Fue una apuesta personal del alcalde del momento, el socialista Ricard Pérez Casado, con el fin de situar a la capital valenciana en el lugar que le correspondía dada la tradición musical de todo el territorio. Una auténtica necesidad social y cultural como más tarde lo sería el Metro de la ciudad o la televisión autonómica, lamentablemente desaparecida.

Situado en la prolongación de la centenaria Alameda valenciana, frente al cauce del extinto Guadalaviar - sin ajardinar aún y en medio de huertas y solares-, fue la Orquesta Municipal la encargada de hacer sonar los primeros pentagramas ante una sala repleta que, en pocos meses, ofrecería una programación cuidada al detalle por su primer director, el profesor Miguel Ángel Conejero, con quien tuve el gusto de trabajar durante algún tiempo, y la colaboración de Jorge Cuya, Aileen de Pedro, Luisa Carrillo, Fina Blasco o Rafa Figón, entre otros.

En plena madurez artística, el maestro valenciano Manuel Galduf, titular de la OM, fue el encargado de dar el primer golpe de batuta para interpretar la Marcha Burlesca, de Palau; el Concierto de Aranjuez, de Rodrigo (con Narciso Yepes) y la versión en concierto de La Vida Breve, de Manuel de Falla, en donde no faltaron las sempiternas y castizas castañuelas de la mexicana Lucero Tena, en el cenit de su carrera, para aderezar las danzas de la obra. Un programa -discutido- a la altura de las circunstancias que disfrutamos todos los asistentes a aquella emocionante e irrepetible velada. Habíamos vivido un momento realmente histórico.

Entre el público asistente no faltaron autoridades como el presidente de la Generalitat, Joan Lerma, el alcalde Ricard Pérez Casado, el presidente de la Diputación Manuel Girona, o representantes de la cultura como Matilde Salvador, el pintor Michavila, la bailarina Olga Poliakoff, el rector Ramón Lapiedra, el escritor Rafael Ventura Meliá, el dramaturgo Juan Vicente Martínez Luciano, el poeta Juan Gil-Albert, la directiva de la Sociedad Filarmónica o compañeros críticos, y sin embargo amigos, Eduardo López-Chavarri, Gonzalo Badenes, Carlos Peñafort y Blas Cortes.

Sala ambiciosa

Pero hay que retroceder a los tiempos en que la orquesta tuvo como «sede» el Teatro Principal así como sus desplazamientos, «por necesidades del guión» al Teatro Apolo o, incluso, a los cines Martí, ambos demolidos con mucha obra y poca gracia para algún proyecto inmobiliario que mejor olvidar. Mientras, en verano, los profesores se desplazaban a los Viveros Municipales donde los conciertos comenzaban a las 11 de la noche, algo que traía de cabeza a los solistas extranjeros o al propio Iturbi, a finales de los cuarenta. Por todo ello, València se merecía una sala ambiciosa y de grandes proporciones. Tal logro se debió al empeño de Pérez Casado, quien se batió el cobre para llevar a buen término el proyecto de García de Paredes. Se tardaron más de dos años en construirlo pero, finalmente, los valencianos tuvimos un lugar de nivel internacional donde poder invitar dignamente a lo más selecto del mundo musical de finales del siglo pasado.

Sería imposible decidir una selección de las orquestas o solistas más sobresalientes a los que hemos tenido la suerte de escuchar tanto en la sala José Iturbi como en la Sala Joaquín Rodrigo. Personalmente tengo guardadas en mi memoria los conciertos de Jessie Norman, Samuel Samey o Marilyn Horne. Intervine personalmente en la primera visita de Montserrat Caballé. Era casi imposible contratarla de un mes para otro ya que estaba en la Ópera de Viena y su agenda no dejaba fecha alguna. El profesor Conejero me pidió volver a insistir y el destino quiso que, en febrero de 1988, tuviera unos días libres y pudiera desplazarse a València para cantar acompañada por el inovidable Miguel Zanetti. La recuerdo emocionada recorriendo el Palau y alabando la estética de la sala. Ella siempre había estado muy ligada a la ciudad: su madre era de Xàtiva y su primera salida profesional, después de Barcelona, fue a València. Resultado: un recital memorable. Imposible recordar sin recurrir a la hemeroteca, el número de bises que se le pidieron y que ella accedió a cantar. Incluso fue la primera artista en cantarles a los de la tribuna del fondo, lo cual le valió una de las más grandes ovaciones allí escuchadas.

Después de Manuel Ángel Conejero vinieron otros responsables que, de una manera u otra, pusieron su puñado de arena para mantener el listón bien alto. Manuel Muñoz, Javier Casal, Mairén Beneyto y ahora, Vicent Ros, han cubierto los primeros 30 años de ese carrusel cultural, no solo con conciertos y recitales sino tambien con conferencias, exposiciones y ciclos como Las Artes en paralelo, puesto en pie por la infatigable Ángeles López-Artiga.

Fundamental es no olvidar la relevante labor de Ramón Almazán tanto en la Orquesta de València como en las decisiones más delicadas para elegir entre las diferentes ofertas de los agentes españoles y europeos. Tarea arriesgada y nada fácil. Hay que reconocer su generosidad por haber donado en vida una ingente colección de grabaciones, verdaderos incunables sonoros que, afortunadamente, el Palau custodia en su importante archivo, supervisado por Luisa Carrillo, donde igualmente se guardan, con mimo, partituras, programas, fotos, documentos originales, grabaciones y manuscritos que dan fe de la fecunda actividad de nuestro primer auditorio en estos seis lustros.

Los más grandes solistas españoles como Alicia de Larrocha, Teresa Berganza, Lluis Claret, Narciso Yepes, Placido Domingo o Isabel Rey han desfilado por el escenario del Palau al lado de internacionales como Nikita Magaloff, Grigorij Sokolov, Bruno Gelber, Teresa Zylis-Gara, Waltrud Meier o directores como Frübeck de Burgos, George Solti, Abbado, Pekka Salonen, Cervera Collado, López Cobos, Daniel Barenboim, Josep Pons o Valery Gergiev, por citar unos pocos de las docenas de maestros que hay dirigido en el Palau tanto a la Orquesta de València como a sus propias sinfónicas.

En el momento de mayor esplendor económico de los patrocinios y gracias a la generosidad de diferentes sponsors, las más grandes orquestas mundiales pudieron escucharse sobre su escenario. Mas la crisis de los últimos años tambien se dejó sentir en la programación general reduciendo más de un 50 % el número de conciertos e, incluso, eliminando los ciclos de cámara o los recitales de canto. Una verdadera lástima. Dicho eso, los responsables actuales deberían hacer un esfuerzo para devolver un repertorio y unos artistas a un público que no solo desea escuchar las grandes sinfonías.

Especialmente comprometido fue, a mediados de los ochenta, el traslado de los conciertos de la centenaria Sociedad Filarmónica de València desde el Teatro Principal a la Sala Iturbi. Un amplio sector de socios estuvo, en principio, en desacuerdo con la decisión de cambiar a una zona aún no urbanizada, acostumbrado a la céntrica ubicación del teatro. Pero finalmente, con cordura y paciencia, se llegó a un consenso y allí se celebran, cada martes, los conciertos de la SFV.

Igualmente, con especial acierto, se han programado otros ciclos (flamenco, jazz y otras músicas) que han acercado al Palau las voces de Isabel Pantoja, Nacha Guevara, Buika, Diana Navarro, Luis Eduardo Aute?, artistas que han renovado a un público que, en la mayoría de los casos, entraba por primera vez a una sala sinfónica. En esa línea y próximamente actuarán allí Chambao, Kiko Veneno, Jarabe de Palo y Coque Malla.

Es así como la realidad del Palau valenciano marcó un momento definitivo en la historia de nuestra cultura. Afortunados los que hemos vivido para contarlo porque, en definitiva, treinta años no son nada.

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