Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Tribuna

Guadassuar

Guadassuar es un caso. Un lugar único. Diferente a todo. Sin tren ni tranvía. Ni siquiera autobuses. Aislado en medio de la Ribera Alta. Un paraíso extraviado a un tiempo cercano y lejano. Bien orgulloso de ser lo que es. No le faltan razones para ello a sus apenas 5.902 habitantes, entre los que abundan músicos de primer nivel repartidos por media España y la otra mitad. Por las mejores orquestas y conservatorios. Desde el trompeta Rubén Marqués, solista de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, a Vicente Fuertes, contrabajista de la Sinfónica de Sevilla.

La relación es interminable. Como la arpista Luisa Domingo, solista de la Orquestra de València; el fagotista Ximo Osca (Orquesta de Granada); el violinista Luis Osca y el percusionista Lluís Osca, ambos de la OV; Virgilio Camarasa, Tomàs Remigia y Paula Marqués, en Palma de Mallorca; Juan Miñana, percusionista en la Sinfónica de Tenerife… Y muchos muchos más, incluidos algunos, que, sin haber nacido en este asombroso vivero de virtuosos, sienten el orgullo de ser verdaderos carabassots, como la violinista Esther Vidal, solista de violines primeros de la Orquestra de València, que no duda en proclamarse «tan carabassota como la que más».

En Guadassuar, donde es imposible caminar 50 metros sin escuchar a alguien estudiando algún instrumento, casi no hay casa sin músico, sin músicos. De hecho, hay casi tantos como beatos de los patronos, el Cristo de la Peña y San Vicente Mártir, y la Madre de la Misericordia. ¡Guadassuar! «Guada», para los oriundos y amigos. Tierra de músicas y beatería, como proclaman sin altivez, pero con convencimiento y particular fe muchos vecinos.

Y, ahora, encima, son también rojos, con un alcalde de Compromís -Salvador Montañana, melómano apasionado y músico, claro- que ha logrado que Guadassuar, en un tiempo récord, haya llevado el marrón de su deuda heredada a nivel cero. Hoy figura entre los pueblos más saneados de la Comunitat Valenciana. Y si apuran, quizá también del extranjero. Evidentemente, a este alcalde-músico y exbancario lo deberían nombrar de inmediato ministro de Economía, o, al menos, conseller. ¡Mejor nos iría a todos! El alcalde Montañana es un revival del Peppone de Guareschi en un pueblo con Don Camilos que hablan, piensan y sienten en valencià.

En este lugar saneado y tranquilo, bañado por la Acequia Real del Xúquer y por el río Magro, forofo de la música, de todas la músicas -el MV y el Capri fueron leyenda rockera-, y su banda -Santa Cecilia- compite con las mejores, no podía faltar un festival, incluso más aún, unos cursos de interpretación de música antigua. Alucinante, sí, pero tal como lo lee, paciente lector. Aquí entre oraciones, invocaciones a Marx y recolección de naranjas y ahora también caquis, han encontrado tiempo para montarse un señor festival de música antigua, acompañado de cursos de interpretación impartidos por eminentes especialistas. Este año, estos mismos días, andan enfrascados en la decimonovena edición. Plena mayoría de edad en pandemia y sin parones.

Desde el 25 de julio y hasta el 1 de agosto, la agenda festivalera no tiene que envidiar a ninguna otra. Los nombres y formaciones que actúan y enseñan lo corroboran. Entre los profesores del curso, Lluís Vilamajó (canto de cámara); Eva Narejos (danza antigua); Francisco Rubio (ministriles); David Antich (grupos de flautas); Ignasi Jordà (clavicembalo); Aníbal Soriano (cuerda pulsada), Walter Reiter (orquesta barroca). Los conciertos comenzaron el pasado día 26, con recital de clavicembalo del propio Ignasi Jordà que fue, reza el programa, «Un viatge de 250 anys de música per a tecla en Europa», el 31 de julio Les Folies Consort abordó un velada sobre «Couperin el Gran», y hoy, primero de agosto, en la jornada de clausura, el grupo La Dispersione propone y confronta en el Auditori las visiones musicales que sobre el mito de Acis y Galatea compusieron dos creadores tan disímiles y geniales como el alemán Georg Friedrich Händel y el mallorquín Antoni Literes.

Aunque parezca difícil de creer, todo esto ocurre en Guadassuar, la pequeña tierra de los carabassots beatos, rojos, naranjeros, ciclistas -todo el mundo se mueve en bici por sus llanas calles- y, sobre todo, músicos. Entre Alzira, Algemesí y L'Alcúdia. En el corazón de la Ribera Alta. Lejos y cerca de todo. Quizá la villa más genuina de España. Fea y bonita. Calurosa y hermética. De persianas bajadas y patios abiertos. En la que cualquier cosa puede pasar. Un nirvana de tiempo congelado en el que las abuelas y no tan abuelas aún sacan las sillas a las puertas de casa para, con la fresquita, a «poqueta nit», hablar de lo que sea, que eso es lo de menos. Con la vecina, la cuñada o el primero que aparezca. Berlanga, el centenario, se hubiera puesto las botas.

Compartir el artículo

stats