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MÚSICA CRÍTICA

Marina Butterfly

Marina Rebeka protagoniza«Madama Butterfly» enLes Arts. Miguel Lorenzo

Ha retornado Madama Butterfly al Palau de les Arts. Muy crecida. Con una protagonista, Marina Rebeka, que asumía por primera vez el rol de la infortunada geisha. De la noche a la mañana, la soprano letona, una de las grandes voces de la actualidad, y que ya triunfó en el mismo escenario en 2010 (Micaela, junto con la Carmen de su paisana Elīna Garana), y 2017 (La Traviata); ha incorporado ahora su nombre a la selecta relación de sopranos que han dado vida a este personaje cumbre de la lírica. Desde una vocalidad más lírica que spinto, pero con homogéneo peso y cuerpo en todo el registro, y con una expresividad cargada de tradiciones y referencias, íntima y apasionadamente comunicativa, su transfigurada Madama Butterfly se percibió particular y única, rica en aristas; más próxima a la heroína que a la niña de quince años. Pese a ser recién nacida, Marina Butterfly es ya referencia y modelo.

Fue una actuación de más a aún más, que alcanzó su cénit con in interiorizado «Un bel dì vedremo» de desnuda intensidad emocional, y en la muy bien resuelta escena final, en la que la «niña» de quince años, ya convertida en heroína, adquirió en Marina Rebeka rasgos y acentos de tragedia griega. Dramáticamente, rara vez Cio-Cio-San estuvo tan estremecedora y cerca de Elektra o de Salome. Lástima que en el gran dúo de amor «Vogliatemi bene» que cierra el primer acto, no contara a su lado con un Pinkerton de su fuste vocal y dramático. Bastante tuvo el tenor argentino Marcelo Puente con sustituir en ultimísimo momento al indispuesto Piero Pretti y salvar con ello la función. Extrañamente, no se anunció ni por megafonía ni por ningún otro conducto el cambio. Tampoco el del también tenor Jorge Rodríguez-Norton (Goro), quien hubo de ser reemplazo por el bilbaíno Mikeldi Atxalandabaso.

Tras la gran protagonista de la noche, en el capítulo vocal hay que destacar la muy crecida Suzuki de la mezzosoprano valenciana Cristina Faus, que cargó de entidad, credibilidad y dignidad vocal a la fiel criada. Un encarnación sobresaliente, redonda, que supuso el complemento ideal a su desdichada señora y una manifestación más del talento dramático y solvencia vocal de la Faus. Imposible no aplaudir y destacar el Sharpless del siempre bienvenido barítono tarraconense Ángel Ódena, voz de poderosos quilates gobernada por una inteligencia rica en saberes y sutilezas. Su Sharpless alcanzó el equilibrio perfecto entre el amigo, el cónsul y el ser sensible que casi no puede leer la carta del impresentable Pinkerton. Excepcional.

Excepcional, también, la Orquestra de la Comunitat Valenciana, plena de opulencia sonora, matices, registros y calidades instrumentales. Cum laude para una sección de percusión, timbales incluidos, que aportó exotismo, luz y sombras a una partitura en la que el genio orquestador de Puccini explora y optimiza las posibilidades inagotables de la percusión. El maestro siciliano Antonino Fogliani (1976) demostró ser uno de los grandes directores operísticos en el ámbito del repertorio italiano. Concertó con maestría, delicadeza, buen pulso y tempi siempre ajustados a lo que ocurría en escena y al decurso narrativo. El Cor de la Generalitat, siempre tan en su sitio, se lució en el célebre coro a boca cerrada, que cierra el acto segundo, aunque sin rozar la gloria que sí alcanzó con Lorin Maazel en 2008 y 2009.

La producción, estrenada en octubre de 2017 en el propio Palau de les Arts, es propia de la casa. Escénicamente dirigida por Emilio López, sobre una consabida pero bien resulta escenografía de Manuel Zuriaga. Ni uno ni otro tratan de ser originales ni descubrir el mundo. Sobre Butterfly, dramática y escénicamente, se ha hecho de todo, desde las mayores genialidades a las más vulgares tropelías. Ahora, revista la producción cuatro años después, se aprecia con mejor disposición un trabajo de equipo que desprende honradez, oficio y dominio escénico. También fidelidad a libreto y música, por mucho que, como se ha hecho mil y una veces, en el segundo y tercer actos el tiempo se desplace a agosto de 1945, a los bombardeos atómicos y genocidas de Hiroshima y Nagasaki, la ciudad de la pobre Cio-Cio-San.

La lluvia de pétalos sigue pareciendo tan cursi como entonces, mientras que otras escenas, como la danza mariposona durante el coro a boca cerrada, gana sugestiva belleza plástica, por mucho que distraiga el milagro vocal. En el haber de la producción hay que sumar, además, la lograda y bien trabajada aportación audiovisual de otro grande del Palau de les Arts, Miguel Bosch, y la iluminación de Antonio Castro. Éxito rotundo e inapelable, con una Sala Principal casi a rebosar. Cuando Marina Butterfly salió a saludar en solitario, el teatro casi se vino abajo. ¡Qué maravilla la ópera cuando se canta así! ¡No se la pierdan!

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