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Miquel Nadal | Escritor.

"València ha de empezar a quitarse las etiquetas que lleva tatuadas"

«La huerta no era en absoluto un paisaje idílico. También era asesinatos, muertes, miserias y fetos abandonados en las acequias»

Miquel Nadal frente al edificio del Banco de València, donde antes se encontraba el Barri de Pescadors. G.Caballero

‘Càndid’, último premio Lletraferit, inicia su relato en 1865 con el derribo de las murallas de València y termina en 2022 con la ampliación del puerto. Y entre ambos extremos, un paisaje que se automutila y desaparece, y una familia, los Mocholí, que intenta sobrevivir en él. «

Son cándidos en una ciudad cándida, que cuando cree que gana realmente está perdiendo», explica su autor, Miquel Nadal (València, 1962).

¿La nostalgia de València solo puede llevar a la amargura?

Algunas personas me han comentado que la mirada de las novelas a València suele ser injusta, que probablemente le pedimos más a la ciudad de lo que es capaz de ofrecer. Pero es que esta es una historia de perdedores que, a la vez de ser víctimas, son culpables del propio proceso de destrucción de una forma de entender la ciudad.

La novela nos sugiere que València no ha sabido crecer.

Efectivamente, no ha sabido encontrar un equilibrio entre su proceso de crecimiento y las formas de vida milenarias que hacían comprensible la ciudad. València no se entiende sin el río y sin la huerta, que han desaparecido sin ninguna reflexión al respecto. En la novela se ve perfectamente cómo en los últimos 50 años todo ese mundo ha desaparecido.

¿Cuál es su València desaparecida?

Esa parte en la que coinciden dos bloques tectónicos que son la ciudad y la huerta, que no es ciudad ni es pueblo y que ha desaparecido en un proceso brutal de maldad urbanística. Es el paisaje sentimental de mi infancia y adolescencia, sobre todo el del sur de la ciudad, el del nuevo cauce, Mercavalencia, la depuradora de Pinedo, la destrucción de la huerta de Malilla... No hay belleza en ese proceso y por eso la nostalgia resulta tan dolorosa.

Blasco, que es una figura que atraviesa los 157 años que dura la novela, ya hablaba de esta colisión.

En el propio discurso inicial de Blasco, cuando habla de los defectos de la ciudad y la necesidad de que València crezca en avenidas, había implícito siempre la sensación de que la ciudad era fea. Y València no era una ciudad fea, y tendría que haber hecho un crecimiento diferenciado y no basado en la esquilmación del territorio.

Pero la huerta, como también apunta «Càndid», no era el espacio bucólico de los «jocs florals», los himnos y los símbolos falleros.

Sí, la perspectiva de la huerta no era en absoluto idílica. La huerta también era asesinatos, muertes, miserias, fetos abandonados en las acequias… La ciudad se ha acostumbrado a crear símbolos sustitutorios de la belleza de la huerta cuando en verdad todos querían destruirla y ocupar ese territorio. Eso ha sido una constante.

Mucho antes que Camps, Blasco ya quería que València fuera la «California de Europa».

Blasco, después de convertir en símbolo la barraca y los naranjos, sintió que la ciudad se le quedaba corta. Sorprende cómo en ese discurso convierte una realidad viva, la de las barracas y los caminos, en algo a desaparecer.

Al final, los «Trenor» y los «Blasco» no son tan diferentes. Quizá está ahí el problema.

Efectivamente. El fracaso de la derecha regional y los republicanos es que acaban coincidiendo en la misma perspectiva.

«Se llenará la ciudad de visitantes», se felicita uno de los «cándidos» un siglo antes de la Copa América y la Fórmula 1.

Hay determinadas tentaciones que no vienen del PP, sino de mucho antes. Es la búsqueda de una confirmación estética, de alguien que nos reconozca. Siempre creer que la caída de las murallas nos convertirán en una gran ciudad, que las exposiciones nos darán el reconocimiento que no tenemos…

«Càndid» es el primer premio Lletraferit después del fenómeno de «Noruega». ¿Eso ayuda o es un obstáculo?

Ojalá todos los obstáculos fueran así. Desde el punto de vista de la ciudad, de la lengua, de aportar una mirada fresca y nueva, ‘Noruega’ es un caso inigualable que a mí me llena de orgullo. Lo que me molesta es esa visión restrictiva de pensar que con ‘Noruega’ ya tenemos la novela de la ciudad. No, perdone.

¿Entonces, no sobran libros sobre València, como dice el penúltimo de los Càndid?

No. Algunos dicen que ‘Noruega’, por ejemplo, es demasiado local. Pero yo sería incapaz de escribir algo que pasara en la calle Serrano de Madrid. En cambio, si paso por Grabador Esteve y veo una luz en la tercera planta de un edificio, seguro que se me ocurre una historia sobre lo que puede estar ocurriendo allí. En València tenemos una perspectiva demasiado disminuida de nuestra capacidad como lugar para hacer ficción.

Quizá es porque muchos no pueden asumir que escribir sobre València puede ser tan amargo.

En general hemos tenido una manera injusta de apreciar la ciudad, hemos esperado que venga alguien de fuera para decirnos que esto está muy bien. Porque, a pesar de todas las barbaridades que hemos sido capaces de perpetrar, es probable que no haya una ciudad en el sur de Europa con la belleza y el equilibrio que aún tiene València. València ha sido una ciudad tatuada por las etiquetas y creo que ya ha de empezar a quitárselas, tenemos ese derecho. València tiene una capacidad de regeneración si es capaz de abandonar la perspectiva cándida.

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