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Certezas en tiempos de pandemia

El mundo pospandemia será igual que el anterior, pero más empobrecido y desigual. Los políticos continuarán buscando sus votos, atizando el conflicto

Certezas en tiempos de pandemia

Certezas en tiempos de pandemia

Desde que el 11 de marzo del pasado año la OMS declarara la evidencia de una pandemia, producida por coronavirus, nos hemos preguntado hasta la saciedad cómo será el mundo pospandemia, qué habremos aprendido de esta trágica experiencia, si podemos tener alguna certeza para nuestro futuro en tiempos de incertidumbre. Se habla de que el capitalismo se refunda (Macron), se reinventa en el de los stakeholders (Schwab), las plataformas (Srnicek), la vigilancia (Zuboff), se autodenomina progresista (Stiglitz), se encarna en un modelo comunista (China) o se propone ser inclusivo (Marc Benioff y Francisco).

Grandes palabras todas, claro. Pero ¿no sería más inteligente empezar por las primeras letras de la cartilla, por lo que podríamos llamar proyectos de futuro basados en la evidencia?

El 17 de septiembre de 2015 las Naciones Unidas propusieron los 17 célebres Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), tras celebrar diálogos con interlocutores del mundo político, el económico y de la sociedad en su conjunto. El primero de ellos, rotundo y contundente, era «poner fin a la pobreza en todas sus formas en todas partes», erradicar la pobreza sin más, construir un mundo sin pobreza para 2030.

No se trataba de una campaña de aguerridos grupos solidarios que se manifiestan tras la pancarta Pobreza 0, ni siquiera del curioso deseo expresado por el Banco Mundial en 1990: «Nuestro sueño es un mundo sin pobreza». Se trataba nada menos que del compromiso público contraído por los 193 estados miembros de la ONU, la máxima autoridad política con la que contamos en el nivel internacional. La humanidad, por el momento, no cuenta con un foro más autorizado para asumir compromisos, dando su palabra de honor, y, como es sabido, pacta sunt servanda, los compromisos deben cumplirse: ese es el cimiento de nuestra civilización.

Pero antes, en y después de la pandemia una cosa son las declaraciones, otra las realizaciones. El informe sobre los ODS de 2020 reconoce que antes de la covid-19 el mundo estaba lejos de acabar con la pobreza para 2030 y que la pandemia produce el primer aumento de la pobreza global en décadas, añade 71 millones de oprimidos por la pobreza extrema, aumentan la inseguridad alimentaria, el hambre y las desigualdades. Vivimos el primer incremento de la pobreza a nivel mundial desde 1998.

No hace falta mucha imaginación para representarse un mundo pospandemia, en éste como en tantos otros puntos. Será igual que el anterior, pero más empobrecido y más desigual, los políticos continuarán buscando sus votos, atizando el conflicto y la polarización, al margen del sufrimiento de la ciudadanía; los medios de comunicación seguirán persiguiendo las noticias chocantes, las que atraen la atención, aunque carezcan de interés público; el desgaste de la democracia seguirá su proceso; las grandes plataformas se afianzarán en el dominio del mundo, y a la supremacía estadounidense sucederá –ya lo está haciendo- el bilateralismo China-Estados Unidos, mientras pierde relieve la Unión Europea.

En su libro El pasillo estrecho Acemoglu y Robinson muestran con datos cómo el pasillo que conduce a la libertad y la prosperidad elude la anarquía y el totalitarismo y apuesta por una sociedad civil fuerte, dispuesta a controlar al Estado y enriquecer la vida cotidiana. A lo que yo añadiría que esa sociedad civil se compondría de una ciudadanía vigorosa y madura, cuya virtud no es la obediencia, sino el discernimiento, empresas responsables, dispuestas a cumplir sus compromisos, en vinculación con los políticos que quieran ocuparse del bien común, y no de sus juegos de poder.

La pregunta por nuestro futuro no debería ser tanto qué va a pasar, sino cómo queremos construirlo desde la libertad en un marco de justicia. Un rasgo indeclinable de ese proyecto es la erradicación de la pobreza.

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