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Las lecciones de la oveja Dolly

Veinticinco años después del nacimiento del primer mamífero clonado de la historia, la ciencia ha abandonado el sueño de los animales clónicos. El fracaso de estos experimentos, sin embargo, ha dado pie a estudios sobre células madre, medicina regenerativa y organoides

Los principales miembros del Instituto  Roslin, al presentar la investigación;  luego se verían inmersos en varias  polémicas.

Los principales miembros del Instituto Roslin, al presentar la investigación; luego se verían inmersos en varias polémicas.

El 5 de julio de 1996, hace justo 25 años, el nacimiento de una oveja se convirtió en uno de los hitos más importantes de la ciencia contemporánea. El animal, bautizado como Dolly en honor a la icónica cantante ‘country’, era el fruto de décadas de investigación y muchos intentos fallidos. Había nacido el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta de otro animal; un logro comparable con el arranque de la carrera espacial o el florecer de las ciencias computacionales. Siete meses más tarde, el 24 de febrero de 1997, sus creadores anunciaron su existencia y, de un momento a otro, el balido de Dolly dio la vuelta al mundo. Su imagen acaparó portadas, abrió telediarios y protagonizó uno de los debates más efervescentes del momento. Un cuarto de siglo más tarde, la pregunta es: ¿qué fue de todo aquello?

«Aunque parezca que fue todo un éxito, la historia de Dolly es la historia de un fracaso. Un fracaso del que hemos aprendido muchísimo», resume la genetista Gemma Marfany, catedrática de la Universitat de Barcelona y Ciberer. El nacimiento del primer mamífero clonado, explica, «supuso un punto de inflexión en la ciencia porque, a diferencia de los experimentos en ranas, mostraba que esta tecnología era aplicable a seres muy parecidos a nosotros». Por eso mismo, la historia de esta oveja trascendió mucho más allá de los laboratorios y empezó a suscitar un sinfín de preguntas, miedos y esperanzas sobre el futuro de estas herramientas. «Muchos creían que la clonación sería algo tan asequible que incluso existía el miedo de que alguien clonara a Hitler», rememora Marfany.

El debate despertado por Dolly logró convertir la ciencia y la bioética en temas de portada. Y de la misma manera que ocurre ahora con la pandemia de covid-19, fueron muchos los científicos que empezaron a divulgar para explicar qué estaba ocurriendo (y qué no). «El nacimiento de Dolly fue uno de los hitos más importantes de la biología del siglo XX. Vimos que era posible generar un ser vivo completo a partir de una célula, pero también vimos que era algo complicadísimo. Se hicieron pruebas en casi 300 embriones y solo funcionó en uno», explica el biotecnólogo Lluis Montoliu, investigador del Centro Nacional de Biotecnología y presidente del Comité de Bioética del CSIC. 

«Otro de los grandes problemas de Dolly fue que su estadística era muy complicada. Como solo teníamos un ejemplar, era muy complicado entender si lo que le pasaba se debía a su condición de clon o no», añade Montoliu. Cuando, por ejemplo, se descubrió que el animal tenía los telómeros más cortos de lo esperable, se especuló con que los clones sumaban su edad biológica con la del animal primigenio. Lo mismo ocurrió cuando el animal, con apenas siete años, murió debido a un cáncer pulmonar. ¿Eran estas características un efecto indeseado de la clonación o solo formaron parte de la historia de Dolly? «Hay muchas preguntas difíciles de responder porque a partir de un solo individuo no podemos universalizar casi nada», comenta Montoliu. 

El icónico animal fue el único que prosperó tras más de 300 pruebas fallidas. Luego murió con apenas siete años

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Fiebre y fracaso de los clones

Dolly despertó una verdadera ‘fiebre’ de los clones. La comunidad científica siguió investigando esta posibilidad pero, conforme avanzaban los experimentos, se confirmaba que la eficacia del método rondaba el 1 %. Hubo que esperar 21 años después del nacimiento del Dolly para ver el siguiente gran hito de la clonación. En enero de 2018, un equipo de científicos de la Academia China de Ciencias anunció el siguiente gran hito en la historia de la clonación: el nacimiento de los primeros clones de macaco. Pero incluso tras esta historia de éxito la moraleja seguía siendo el fracaso de la técnica de clonación. Demasiado cara y demasiado complicada para ser factible a largo plazo. 

«La clonación en sí resultó ser un fracaso, pero abrió muchos otros caminos muy prometedores. Como los estudios sobre células madres, medicina regenerativa y organoides», reflexiona Marfany. 25 años después del nacimiento de Dolly, la ingeniería genética ha abandonado el sueño de los clones para centrarse en retos mucho más específicos.

En España, sin ir más lejos, la investigadora Núria Montserrat, del IBEC, estudia cómo generar minirriñones a partir de células madre para que, a su vez, estos organoides puedan utilizarse para testar fármacos. También avanza a pasos de gigante la investigación con las ‘tijeras genéticas’ Crispr, que plantea desde la posibilidad de cambiar el rumbo de enfermedades hasta ahora incurables hasta crear plantas más resistentes al azote de la crisis climática. 

La técnica cuenta con una eficacia tan baja que sigue siendo casi imposible su empleo, aunque abrió caminos prometedores

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Las lecciones de Dolly

El sueño de los clones, mientras, ha quedado relegado en el imaginario colectivo como un símbolo de extravagancia al alcance de pocos. Hace unos años, por ejemplo, la actriz Barbra Streisand desveló que sus dos perros, Miss Scarlett y Miss Violet, eran clones de su ya fallecida mascota Samantha. La ‘celebrity’ explicó que, pese a invertir 50.000 dólares en la clonación de sus mascotas, el carácter de los clones no tenía nada que ver con el de su primer perro. Y esto, a modo de lección, recordó que la genética no lo es todo. Y que aunque existan dos animales genéticamente idénticos, hay muchos factores que dependen más del ambiente que del ADN.

«Si algo hemos aprendido de Dolly es una lección de humildad y prudencia. En ciencia, por más esperanzadores que sean los resultados, no podemos vender la piel del oso antes de cazarlo. Hay que ser cautelosos porque de la teoría a la práctica hay un largo camino», zanja Montoliu.

«Es maravilloso pensar todo lo que hemos aprendido del fracaso de Dolly. En el fondo, aprendimos mucho de donde nos equivocamos. Y qué bonito es pensar en todos los caminos alternativos que hemos tomado a partir de ese experimento», comenta Gemma Marfany como ejemplo de que, por paradójico que pueda parecer, la ciencia también progresa a base de errores.

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