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Anatomía del macrobotellón

"Los jóvenes no están haciendo nada que no haríamos los adultos si tuviéramos su edad y viviéramos esta situación", según el psicólogo Rafa Guerrero

Botellón en el paseo del Born, en mayo en Barcelona.

Una de las teorías más optimistas que circulan por las tribunas y las redes sobre el mundo post-covid aventura que el adiós al virus dará la bienvenida a una época marcada por el hedonismo y la diversión para compensar el trauma sufrido durante la pandemia. Lo que ningún pronóstico supo adivinar era que cuando la población estuviera vacunada, la juventud se iba a lanzar a celebrar botellones espontáneos, masivos y descontrolados como si el mundo se fuera a acabar esa misma noche.

Sin embargo, esta es la situación que se ha ido replicando en multitud de ciudades según se relajaban las restricciones. Cuesta encontrar un núcleo urbano de tamaño mediano o grande en el que no se haya celebrado, o se celebre cada fin de semana, alguna fiesta juvenil imprevista -normalmente convocada mediante mensajes anónimos enviados a los teléfonos móviles-, con gran afluencia de público y donde las palpables ansias de desenfreno de los asistentes contrastan con la ausencia absoluta de mascarillas.

Esta alternativa de juerga barata y asilvestrada ha ido ganando adeptos en las últimas semanas hasta desembocar en botellones de dimensiones nunca vistas, como el que se celebró en el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona el pasado día 18, donde se reunieron 8.000 jóvenes, o el que tuvo lugar a esas mismas horas en la Universidad Complutense de Madrid, al que acudieron 25.000 personas para participar en la mayor concentración humana sin medidas de distanciamiento que ha habido desde que estalló la pandemia.

Según los expertos en el estudio de la población juvenil, estos serían los componentes que formarían parte del coctel de los macro botellones del covid.

Fatiga pandémica

Las restricciones impuestas para mantener a raya los contagios se han vivido de forma muy diferente según las circunstancias personales de cada individuo, pero a nivel generacional han impactado de forma especial entre los jóvenes. «Por el ciclo vital que atraviesan, para ellos es fundamental el encuentro con semejantes. No somos conscientes del daño que este aislamiento ha causado a su desarrollo», advierte Almudena Moreno, socióloga de la Universidad de Valladolid especializada en el estudio de la población juvenil. «Los chicos y las chicas socializan en las fiestas. Pasar un año y medio sin verse es una bomba emocional que, necesariamente, tenía que estallar por algún lado», describe Pau Miret-Gamundi, demógrafo de la Universitat Autónoma de Barcelona. 

¿Los botellones masivos y descontrolados serían la respuesta a tantos meses de represión? «Las dos realidades están conectadas, sin que esto justifique determinados comportamientos que hemos visto. Los jóvenes no están haciendo nada que no haríamos los adultos si tuviéramos su edad y viviéramos esta situación. Estos botellones son excepcionales, pero también lo es la experiencia que hemos vivido», responde el psicólogo Rafa Guerrero, autor del libro El cerebro infantil y adolescente. En opinión de Almudena Moreno, las macro fiestas espontáneas que se celebran estos días serían «la expiación terapéutica del mal reprimido y la expresión de un malestar interno que merece ser estudiado». 

Nihilismo

La covid-19 pilló a los jóvenes sin haber logrado levantar la cabeza del todo de la crisis económica anterior. De hecho, en marzo de 2020 la tasa de paro juvenil, que alcanzaba el 30 %, seguía duplicando la de los adultos. Esta distancia se ha mantenido constante durante la pandemia, pero ahora que los indicadores económicos apuntan de nuevo hacia arriba, sus perspectivas continúan siendo negras. «Los jóvenes vuelven a ser los grandes olvidados de la recuperación económica. Tendrían motivos para salir a la calle a protestar, pero no es esta la motivación que anima los botellones multitudinarios, sino las simples ganas de celebración. Esto no es el 15-M. No hay eslóganes políticos ni reivindicaciones. Solo buscan una oportunidad para vivir la fiesta por poco dinero», apunta Pau Miret-Gamundí.

La gestión de la pandemia ha estado marcada por una elevada tensión política que, en opinión del antropólogo José Mansilla, se ha traducido entre la población juvenil en una sutil forma de nihilismo ante la pandemia. «Llevan muchos meses oyendo un mensaje liberal que dice que las restricciones impuestas por el Gobierno van contra la libertad. No es casual que 25.000 jóvenes madrileños hayan organizado el mayor botellón de la historia en plena pandemia, justo en la comunidad donde ha habido un fuerte debate político a cuento del concepto de la libertad», interpreta el experto.

Viralidad

Junto al inaudito volumen de asistentes que logran reunir, los macrobotellones de la pandemia llaman la atención por la imprevisibilidad y el secretismo con que se convocan y organizan. Un mensaje anónimo circulando por las redes un viernes por la tarde es suficiente para congregar a miles de jóvenes esa misma noche sin que la propia policía se percate. Esto tampoco ocurría, al menos con este nivel de eficacia y viralidad, en los botellones previos al covid. «Es la generación conectada y en los confinamientos se han entrenado en esa destreza. No necesitan una estructura que gestione sus quedadas, saben que sus herramientas digitales son suficientes para organizarse. No tienen dinero para irse de viaje, pero sí un teléfono móvil para quedar en un parque en cuestión de minutos», destaca Pau Mirte-Gamundí. 

En opinión del sociólogo, esta forma de vivir el ocio ha llegado para quedarse. «El éxito de estos botellones les reafirma, lo viven como una expresión de su libertad. Estas son sus fiestas, organizadas a su manera y gestionadas por ellos mismos. Pasará la pandemia y volverán a abrir las discotecas, pero seguirá habiendo quedadas clandestinas y multitudinarias», pronostica.

Rebeldía

Varios de los botellones celebrados en las últimas semanas han acabado en enfrentamientos con la policía. A menudo, los vídeos de las fiestas que han circulado han mostrado situaciones de desfase extremo. ¿Están más rebeldes los jóvenes después de la pandemia? «Llevan un año y medio ninguneados o siendo señalados por facilitar la propagación del virus. Nadie se les ha acercado a preguntar cómo están ni a negociar con ellos, todos los mensajes que han recibido han sido impositivos o negativos. Esto acaba generando un sentimiento de rabia que los jóvenes no disimulan», señala Almudena Moreno. «El botellón, por definición, es un ejercicio de rebeldía porque se celebra en un lugar que no está pensado para ese uso. Que muchas de las reuniones se lleven a cabo en campus universitarios tiene que ver con que esos sitios son, simbólicamente, ámbitos de libertad. los jóvenes sienten que ahora tienen más motivos para desafiar el orden establecido», añade José Mansilla.

Despreocupación

Las imágenes de miles de chicos y chicas arremolinados compartiendo bebidas sin mascarillas delata el convencimiento de que el covid no es tan cruento con ellos como con los mayores, pero también revela la relación que los jóvenes mantienen con el peligro. 

«Sus cerebros tienen más desarrollada la parte emocional que les mueve a la acción que la racional que les previene de los riesgos. Les cuesta prever las consecuencias de sus actos y empatizar con el dolor ajeno», apunta Rafa Guerrero. En opinión de este psicólogo, urge la puesta en marcha de campañas de concienciación. «Pero deben hablar su idioma y tocarles la fibra. A un joven no le vale lo de: no hagas eso», advierte el escritor.

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