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Deshielo tras cinco años de invierno

Las relaciones entre la C. Valenciana y Cataluña empiezan a recomponerse después de que la crisis independentista provocara un alejamiento entre ambos territorios. La duda, coinciden los expertos, es cuánto durará la tregua

Un grupo increpa a manifestantes durante la manifestación del 9 d’Octubre de 2017 tras el referéndum catalán. EDUARDO RIPOLL

Todos saben mi opinión sobre el proceso (independentista), pero siempre va a haber una relación estrecha con Cataluña, en cualquier circunstancia». Esta frase la pronunció el líder del Consell, Ximo Puig, en septiembre de 2016 durante una visita oficial del entonces presidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, a València.

Aquella cumbre, celebrada un año antes de que la crisis soberanista en Cataluña tocara techo y un año después de la constitución del primer gobierno del Botànic, buscaba promover un acercamiento entre dos territorios vecinos ‑—y hermanos en muchos aspectos—‑ pero entre los que las relaciones fluidas han sido más una excepción que una constante pese a los múltiples intereses compartidos. No en vano, aquel era únicamente el quinto encuentro entre mandatarios de ambas administraciones desde 1983.

Pero pese a las buenas intenciones del foro, la deriva unilateral del procés terminaría por fulminar la aspiración de Puig de mantener esa «relación estrecha» bajo «cualquier circunstancia» con los vecinos del norte.

El gobierno valenciano, recién estrenado, trató de asumir un rol de mediación en los primeros compases del choque Madrid-Cataluña aprovechando esa buena sintonía de entonces entre sus líderes. Pero el pulso del independentismo fue a más y provocó un enfriamiento primero y, tras la huida de Puigdemont y la llegada de Quim Torra, la llegada de un invierno gélido entre ambos ejecutivos autonómicos.

El choque institucional en el que se sumió la política española se trasladó también a la calle y al tejido empresarial. La polarización por la crisis independentista se propagó por todo el país y dio alas a la extrema derecha, que empezaba entonces su ascenso espoleada por el componente visceral del debate. Pero el sentimiento anticatalán que promueve históricamente el ‘blaverismo’ en la C. Valenciana hizo que en la autonomía se vivieran picos de tensión más elevados que en otros territorios, como en la manifestación del 9 d’Octubre de 2017, días después del referéndum, en la que un grupúsculo fascista agredió a participantes en la marcha.

Deshielo, ¿pero hasta cuándo?

Ahora, a las puertas de que se cumplan cinco años de aquel traumático 1 de octubre de 2017 y con el suflé independentista sensiblemente rebajado, los expertos coinciden en que poco a poco se va entrando en una fase de deshielo a todos los niveles: institucional, político, social y económico. ¿Cuánto durará la tregua? Aquí ya hay más incertidumbre, lo que genera diversidad de opiniones entre los consultados.

El director general de relaciones con las Comunidades Autónomas y Representación Institucional del Consell, Jorge Alarte, es de los optimistas ‑—«igual demasiado», bromea—y asegura que no ve un «retroceso a 2017» en el corto plazo sino una «consolidación» del camino emprendido por ERC desde la llegada de Pere Aragonés a la presidencia. «A nivel institucional vamos a seguir avanzando por el camino del diálogo, el entendimiento y la convivencia. La Generalitat (valenciana) siempre ha sido coherente con el orden constitucional y el diálogo», explica a Levante-EMV.

Alarte basa ese optimismo en dos cuestiones fundamentales. Por un lado, el giro que entiende que ha dado el Govern catalán en los últimos tiempos, «regresando a los espacios de cooperación institucionales» como las conferencias de presidentes, por ejemplo. El responsable de las relaciones oficiales del Consell con las autonomías destaca en ese sentido que los encuentros recientes entre ambas partes han sido «muy positivos» y con una relación «correcta».

Así, el socialista da por «superada» la fase crítica, en la que admite que sí hubo un «nivel de inseguridad jurídica muy importante en el marco de las relaciones institucionales» y recuerda que Puig «siempre ha hecho un esfuerzo por estar en Cataluña». Esa es la segunda clave que destaca Alarte, el «nivel de interlocución» del president valenciano con todos sus homólogos. Eso sí, rechaza que pueda ser calificado como «mediador» durante los compases iniciales del procés y prefiere emplear el término «facilitador del diálogo».

Sea como sea, la politóloga e investigadora de la Universidad Miguel Hernández de Alicante, Victoria Rodríguez-Blanco, incide en que la estrategia de afrontar la crisis en Cataluña como «material sensible» para un gobierno que apenas acababa de echar a andar fue una maniobra «inteligente» por parte del president valenciano. «Al principio hubo un intento de tender puentes, pero fue un acercamiento sin consecuencias. Puig fue inteligente al intentar mantenerse al margen», desarrolla Rodríguez-Blanco, que destaca como principal consecuencia de aquella crisis el surgimiento de Vox, el cual liga «completamente» al choque entre Cataluña y España.

La «prevención» del Botànic ante el procés también es destacada por Antoni Rubio, periodista y escritor especializado en el universo que rodea a Compromís, único socio del PSPV en aquel primer gobierno de izquierdas. Rubio, que aborda el asunto en su obra Valencianisme líquid, critica el papel de la coalición valencianista ante el procés al entender que «compró el marco ideológico del PSPV» por el «miedo secular a ser tildado de catalanista», un extremo que califica de «absurdo» porque «la derecha valenciana siempre te acusará de eso».

Así, entiende que Compromís cayó en el concepto de ‘política líquida’ que Zygmunt Bauman emplea en su libro Modernidad líquida. «Bauman plantea la paradoja de los partidos que se presentan con determinados valores pero que al llegar al poder no los implementan porque se dan cuenta de que les puede sacar del poder. Compromís cree que implementar lo que les hizo populares les puede sacar del Botànic», defiende un Rubio que entiende que el espacio valencianista se ha «quedado vacío» pese a que hay «más votos de los que parece», algo que vincula con que su gran referente, Mónica Oltra, «nunca ha sido independentista, ni tan siquiera nacionalista», defiende.

El sociólogo Rafa Castelló comparte esa sensación de que pese a esa distancia con la que la política valenciana vivió el pulso soberanista, el sentimiento nacionalista en la Comunitat Valenciana no ha descendido por las consecuencias del 1-O. «Estos procesos polarizan, por lo que crecen las posiciones más extremas. Los simpatizantes de ambos bandos se acercan más a los suyos por solidaridad», explica.

En cuanto a la temperatura del debate en la calle a escasas dos semanas del 9 d’Octubre, Castelló entiende que va a la baja, pero alerta: «La derecha lo activa cuando lo interesa. Y en año electoral, es probable que saque el fantasma del catalanismo si ve que no puede rascar más votos. No será un eje central, pero volverá a salir», aventura.

Desde el prisma económico el procés también se ha dejado sentir con intensidad en la C. Valenciana, uno de los lugares de ‘huida’ de algunas empresas ante la incertidumbre. En 2017, cuando se consumó la gran avalancha de cambios de sede, llegaron desde el norte 279 firmas. En los dos años siguientes, 2018 y 2019, las cifras ya fueron mucho menores. En total, según la CEV, hasta 2021 han sido más de 800 mercantiles las que han migrado de Cataluña a la C. Valenciana.

El presidente de la CEV, Salvador Navarro, asegura que la peor parada de la crisis fue la propia economía catalana. «La inseguridad jurídica y la incertidumbre política ahuyentan la inversión», defiende. Navarro llama a que en este nuevo tiempo «impere la sensatez», ya que hay «vínculos dentro de las cadenas de valor que no van a cambiar en el corto plazo» por las sinergias entre ambos territorios. Pero advierte de que esta calma actual «cambiaría si el procés se endureciese y terminase en la independencia de Cataluña». En ese caso , prosigue, «estaríamos comprando o vendiendo productos a un tercer país. Habría aranceles e, igual que pasa con el Brexit, tendríamos que tomar decisiones».

Con respecto a las infraestructuras, Navarro entiende que «existe unanimidad al considerar el corredor mediterráneo como una prioridad», si bien niega que sus atrasos tengan relación con la crisis soberanista.

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