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Guerra de Ucrania

Los primeros refugiados de la Rusia de Putin

Los derechos humanos llevan al menos una década erosionándose en Rusia. Las protestas contra la reelección de Putin en 2012 multas por protestar, y en 2013 la ley de propaganda de relaciones no tradicionales

Rusos exiliados en Valencia debaten sobre la situación el país tras la invasión de Ucrania German Caballero

María es una militante feminista y anarquista. En Rusia trabajaba ayudando a mujeres prostituidas y con VIH, «una epidemia de la que nadie habla». Hasta que un grupo de ultraderecha colgó en internet los datos personales de ella y de todas sus compañeras. Dirección de su casa, número de teléfono, fotografía, todo. Pronto llegaron las llamadas amenazantes y los ataques violentos a la asociación, mientras que varios compañeros entraban en la cárcel. En 2019, emigró a València con su perra al ver su vida claramente amenazada.

Iván participó en las protestas a favor de Aleksei Navalni (líder opositor ruso encarcelado ahora en una prisión de Siberia). No lo hizo como miembro del partido, solo como ciudadano que no soportaba más la corrupción institucionalizada del país que cristalizó en un presunto pucherazo electoral para que ganara Vladimir Putin. Fue colocado en unas listas policiales de «prevención del extremismo». Después, unos extraños le chantajearon. Le pidieron una suma muy alta de dinero o lo sacarían del armario y dirían públicamente a todo el mundo que es gay en un país donde un beso en la plaza mayor te puede acarrear 5 años de cárcel o la paliza de unos ultras. O las dos. Llegó a València también en el año 2019 en un programa de protección internacional.

Alona era maestra en un cole de Moscú. Hasta que en 2012 el Gobierno de Putin aprobó una ley «de propaganda de relaciones no tradicionales», que penaba con multas y cárcel enseñar sobre relaciones no heterosexuales entre niños. Después esa ley se convirtió en censura general. Cuando se enteraron de que Alona es bisexual la echaron del trabajo y la incluyeron en una lista del Gobierno. No pudo encontrar empleo en ningún otro cole. «Primero empezaron las llamadas amenazantes de los padres de los niños acusándome de adoctrinarles. Luego llegaron las llamadas anónimas y mucho más violentas, señalando la dirección de mi casa y todo». También huyo de Rusia, pero en 2014.

El anuncio de Putin de movilizar a la población civil está provocando una deserción masiva de ciudadanos que cruzan como pueden las fronteras terrestres para evitar ser reclutados, en lo que parece ser un nuevo gran movimiento migratorio. Pero esta no es la primera gran diáspora de Rusia. Desde 2012, los derechos humanos en el país se erosionan a pasos agigantados. En este año se dieron las mayores protestas contra el Gobierno, y como consecuencia se aprobó una ley que no permite a los ciudadanos manifestarse más de dos veces cada 6 meses bajo una pena de cárcel de cinco años. Desde el inicio de la invasión a Ucrania en febrero se aprobó otra ley que prohibía la publicación de «rumores y noticias falsas» sobre la operación militar especial rusa para la guerra, lo que provocó que muchos grandes medios de comunicación tuvieran que exiliar a sus periodistas a los países colindantes.

María explica que «si sales a protestar puede no pasarte nada, puedes pasar dos días en el cuartel y salir, o que se inventen una causa contra ti y te pidan 10 años de cárcel. Sobre todo si eres una feminista o disidente político. Es una lotería», cuenta. La represión policial es cada vez más dura, igual que la lgtbifobia. «La ley dice que no se puede hablar de la homosexualidad en sentido positivo. Y si lo haces te multan y es como si te pusieran un distintivo en el pecho, te marcas públicamente y es casi imposible que encuentres trabajo. Es como que no formas parte de la sociedad», dice Iván.

«Los primeros refugiados empezaron a llegar a València sobre 2013», explica Alona, que ahora trabaja como traductora para asociaciones especialistas en protección internacional y también lo ha hecho para la policía de extranjería. «Entonces eran pocos, sobre todo personas Lgbti y algún disidente político. La mayoría de los que llegaban eran por lgtbifobia y el número se ha mantenido estable hasta febrero de 2022. Cuando ha empezado la guerra están llegando muchos más, sobre todo periodistas exiliados, y ahora con la deserción esperamos una ola dentro de unas semanas», asegura la traductora.

"Se me acaba el visado de estudiante y no puedo volver"

Ana ha acabado su máster de dos años en la Universitat de València (UV). Vivía en Moscú, pero quiere hacer su vida con su pareja (también rusa) en València. La ley le permite un permiso de un año para buscar trabajo, ese era su plan. Pero recientemente se lo denegó extranjería. «Ahora no puedo volver a Rusia, y mi pareja tampoco porque la van a reclutar», explica.

«Sé que mis padres es un sitio al que siempre podré volver, pero mi madre ya me ha dicho que nos quedemos aquí y que no vengamos, la situación es muy difícil», cuenta Ana. Explica que ahora mismo el país tiene una gran escasez de medicamentos y es prácticamente imposible alzar la voz en la calle. Si la situación ya era difícil antes, ahora volver al país es todavía menos recomendable ya que ha entrado en guerra declarada.

El caso de Ana es uno de los miles que se irá repitiendo los próximos meses, unas circunstancias sobrevenidas que, sobre el papel, le dan derecho a pedir protección internacional en España, ya que la ley internacional prohibe devolver a una persona a un país en guerra.

Jaume Durá, abogado de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y especialista en protección internacional explica que «estas personas tienen derecho a pedir asilo en una comisaría habilitada. Pero tienen que justificar por qué su vida corre peligro». Por ejemplo, la campaña para reclutar a todos los ciudadanos para el ejército sirve a la pareja de Ana para justificar que no puede ser enviado de vuelta al país.

«Ocurre lo mismo que ha pasado con los ucranianos que estaban aquí cuando estalló la guerra. Cuando llegaron a España no había ningún problema pero de repente sí que se ha visto que necesitan protección», explica Durá.

Ana explica que la falta de citas para el asilo o para las oficinas de extranjería le dificulta mucho regularizar si situación en España. El sistema lleva atascado para los extranjeros desde hace meses sobre todo en la ciudad de València.

Ella puede ser una cifra de la diáspora de ciudadanos rusos que se espera en la próxima semana. Angelina Ferrandis, presidenta de la sección de Extranjería del Colegio de Abogados (ICAV) explica que todavía no se ha notado en Valencia la deserción en masa de ciudadanos rusos, pero sí que esperan notarla. «Por el momento vemos que están huyendo a pie a los países con los que comparten frontera como Lituania o Finlandia, pero no han llegado aquí de momento», cuenta.

Paco Solans, presidente de la asociación de abogados extranjeristas cuenta que el problema ahora mismo son los visados y la cancelación de vuelos desde Rusia a prácticamente toda Europa, así que para Ferrandis «es posible que se abra una nueva ruta migratoria a países como Turquía, y una vez allí los ciudadanos puede que traten de conseguir los visados necesarios para llegar», asegura.

El clima ahora mismo en Rusia, al menos el que le llega a Ana por parte de su familia, es totalmente irrespirable. «Les he dicho que no se les ocurra ni a mi madre ni a mi hermana salir a protestar de ninguna manera. Está prácticamente prohibido ahora», cuenta esta estudiante de máster.

Por el momento, según explica Ana, la mayoría de hombres rusos se están topando con un muro en la frontera terrestre de la mayoría de los países a los que llegan. «En Georgia por ejemplo vemos que están pasando cuestionarios a los rusos que llegan. Preguntan qué les parece la invasión, o si son partidarios de que Putin se anexione territorios de Ucrania», dice María.

La razón, según esta refugiada, es que «estos mismos países ya han vivido lo que es estar colonizados por Rusia y tienen miedo de que vuelva a ocurrir ahora que muchos rusos están intentando entrar en estas zonas», asegura.

De hecho -continúa María-, «en países como Georgia o la misma Ucrania la guerra comenzó así, con las fuerzas rusas entrando con visado de turistas y sin distintivos, así que es lógico pensar que en estos países la gente tenga miedo de lo que puede pasar, sobre todo cuando en las televisiones controladas por el Kremlin no para de decirse que después irán a por Lituania y Georgia», cuenta la activista feminista.

María y Ana tienen esperanza en el conflicto con Ucrania. «Espero que Ucrania gane y se destruya la confianza en Putin. Está pasando ahora mismo, es lo único que queda para sacarle del poder», sentencia. 

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