Modelo de éxito

La FP suiza o cómo tener un paro juvenil cuatro veces inferior al de España

Cuando en 2012 Occidente sufría una de las peores crisis económicas de su historia y en España el desempleo juvenil ascendía al 52%, en Suiza estaba en el 7,6%

Un profesor de FP dual muestra una pieza de un motor Seat a un alumno.

Un profesor de FP dual muestra una pieza de un motor Seat a un alumno.

Gabriel Ubieto

Suiza, ese país helvético conocido por su chocolate y sus entidades bancarias, ha celebrado hace unas pocas semanas elecciones federales. Los suizos tienen un sistema político particular, en el que no acaban eligiendo a un presidente, sino a siete. Y es que el Gobierno se decide a través de un sistema que lleva más de medio siglo en vigor y que se conoce como la "fórmula mágica", mediante la cual todos los partidos ocupan al menos uno de los siete sillones preestablecidos dentro del Ejecutivo. La presidencia va rotando entre esos siete sillones y todas sus decisiones son tomadas por consenso, ya que, según los suizos, sólo perduran las acciones que se cimientan en el apoyo tanto de la minoría como de la mayoría.

No la llaman así, pero hay otra 'fórmula' en Suiza que parte de ese espíritu del consenso y que tiene resultados que en otras latitudes parecerían mágicos: su formación profesional (FP). Suiza es uno de los modelos europeos de lo que antaño en España se conocía como oficios y gracias al mismo este país de menos de nueve millones de habitantes tiene una de las tasas de paro juvenil más bajas del Viejo Continente. 

En junio del 2023, según los últimos datos disponibles de Eurostat, el 7,3% de los menores de 24 años suizos estaba sin trabajo y buscando uno. Un porcentaje que solo superado por Alemania (5,8%). En España alcanza el 27,8%, siendo el estado europeo con mayor proporción de jóvenes desempleados. El suizo no solo es un sistema eficiente, en este sentido, sino también estable. Cuando en 2012 Occidente sufría una de las peores crisis económicas de su historia y en España el desempleo juvenil ascendía al 52%, en Suiza estaba en el 7,6%.

¿Cuál es su secreto? En busca del mismo, entre visitas a multinacionales como Novartis, castillos de película como el de Neuchâtel o universidades punteras como la de Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), han ido este pasado octubre los empresarios de FemCat. Un ‘lobi’ formado por 100 empresarios que dicen representar el 8% del PIB de Catalunya y que cada dos años realizan un viaje a referentes de innovación para importar lo mejor de cada casa.

El sector privado tira del carro

“Todo el mundo hace su parte”, resumen desde la gerencia de Bobst, una empresa especializada en fabricación de bienes de equipo -concretamente para el embalaje- y con sus cuarteles generales en Lausana. Allí tienen toda una ala de su factoría reservada exclusivamente a formar a lo que llaman aprendices y que en el sistema educativo español encajarían dentro de la FP. 

Cada año Bobst forma a unos 200 alumnos, aunque poco se parecen a un estudiante. Tienen un contrato laboral, perciben un salario que va creciendo a medida que pasan de curso y las aulas, en el sentido teórico del término, las pisan poco. En los primeros cursos dos días a la semana (tres en la empresa) y a partir del segundo o tercer año ya solo un día. 

El modelo de la FP suiza -similar al que tan buenos frutos genera en Alemania- se fundamenta en la iniciativa privada, mientras que desde el sector público -concretamente desde los cantones- se juega un rol de acompañante. En Neuchâtel, según explican fuentes gubernamentales de dicho cantón, la mitad de los niños de 14 años van a estudiar una FP, mientras que la otra mitad sigue camino para la universidad.

En Suiza, la Administración se limita a certificar una lista mínima de contenidos y verificar que las empresas los cumplen. Y son las compañías las que asumen el coste y riesgo de formar a los alumnos. Un coste, no menor, ya que, por ejemplo, en Bobst un aprendiz entra cobrando el primer año unos 675 euros (en el equivalente a francos suizos), en el cuarto y último año percibe 1.600 euros y si lo contratan pasa automáticamente a tener un sueldo de 4.000 euros, para al poco saltar hasta los 7.000 euros. 

Según los costes brutos por aprendiz ascienden, de media, a casi 30.000 euros al año, según un estudio del Observatorio de Formación Profesional del Instituto Federal Suizo de Formación Profesional. Si bien ese mismo informe señala que los costes de reclutar a ese mismo perfil desde cero son superiores, así que, a la larga, supone un ahorro para las empresas.

Aunque no es oro todo lo que reluce y este sistema, como pasa en Alemania, tiene sus defectos. Como la segregación, ya que las probabilidades de que un padre haya estudiado formación profesional y su hijo también lo haga, en vez de ir a la universidad, son altas. Otro problema es que sigue habiendo una gran segregación por géneros. Es decir, en los ciclos del auto o mecatrónica casi todos los estudiantes son hombres, mientras que en hostelería o en peluquería casi todas las aprendices son mujeres.

Pymes, también

“Todo el mundo hace su parte”, insisten desde la manufacturera Mikron, que también cuenta con un potente programa interno de formación, con unos 40 aprendices entre su plantilla de 400 empleados. Aunque no solo son las firmas del sector industrial las que participan de este sistema de FP. Nestlé, por ejemplo, que factura el doble que Cocacola y tiene su principal sede de I+D+I en Vevey, mantiene su propio programa para captar y formar jóvenes: “Nestlé needs youth”.

Aunque no solo las grandes corporaciones participan del circuito de FP. Las pymes, por ejemplo, comparten entre ellos estudiantes y aquellas competencias mínimas exigidas por la administración que no pueden aprender en la empresa principal las desarrollan, a través de programas de cooperación, en otras pymes. 

Colaboración y visión de conjunto, tanto para marcar entre gremios qué habilidades serán importantes para el sector, como para no desperdiciar ningún recurso. ya que, por ejemplo, las grandes empresas no se quedan con todos los aprendices que forman -en Bobst conservan a un tercio- y el resto se suele recolocar en compañías con menos recursos y que agradecen un profesional bien formado. Lo que explica, entre otros, esa tasa de paro a apenas un cuarto de la española.