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La vida no nos necesita

Ha vuelto a ocurrir. Alguien muere solo en su casa y nadie se entera porque las constantes vitales siguen funcionando. Entendemos por constantes vitales la normal circulación del dinero. Como el banco del finado continuaba abonando los recibos de la luz y el agua, etcétera, y además seguía cobrando la pensión, a efectos oficiales se encontraba vivo. Esta vez ha sucedido en Valladolid, donde Ángel Ocaña permanecía momificado en el salón de su casa, junto a una pequeña estufa eléctrica que quizá permanecía encendida desde hace tres años. Se descubrió porque alguien intentó ocupar el piso creyendo que estaba vacío.

Todavía recuerdo los primeros casos de este tipo de muertes, que tanto nos escandalizaban. Ahora ya no, ahora se da por hecho que en los pisos de las grandes ciudades hay un porcentaje de momias o de esqueletos que pertenecieron a gente como usted o como yo, a la que un día le dio un infarto. Muchos mueren con la tele encendida y se pasan viendo el mismo canal el tiempo que les dura la cuenta corriente. Es posible que dentro de miles de años, cuando los arqueólogos y los antropólogos realicen sus excavaciones para estudiar cómo éramos, encuentren aún, delante del esqueleto correspondiente, una televisión encendida con Ana Rosa, momificada, en la pantalla.

Hemos creado mecánicas fantásticas, inagotables. La de los recibos domiciliados es una de ellas. Es posible que si la humanidad desapareciera de aquí a mañana debido a una catástrofe impredecible, siguiéramos, ya muertos, pagando los plazos del coche porque los ordenadores del banco continuarían pasándolos a cobro. Nosotros no estaríamos ahí para verlo, pero la economía seguiría funcionando durante un tiempo equis (¿diez, quince años?), igual que las farolas de las calles, que se apagarían y se encenderían a la hora programada por las computadoras centrales de los ayuntamientos. Esas formas de vida, sin vida, resultan fascinantes. Hombre, más de un pollo se quemaría en el horno de los restaurantes, provocando un fuego que apagarían de inmediato los extintores automáticos, alertados por el humo. La vida no nos necesita para nada.

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