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Paradojas de la aristocracia

Algunos espectadores del teatrillo de España se sorprenden por el tratamiento con honores de Jefe de Estado que las teles, las radios y los papeles de Internet dieron a la defunción de la duquesa de Alba. Unos la califican como la «duquesa rebelde» y otros la reputan de torera, luchadora y elegante. Lo que importa, adjetivos aparte, es el tirón de popularidad que tenía en vida e incluso post mortem. Es costumbre en España tratar mucho peor a los vivos que a los muertos, hasta el punto de que no hay como morirse para que al fin hablen bien de uno. Obsérvese, por ejemplo, lo que ocurrió con Adolfo Suárez.

No es el caso de la duquesa más titulada del país, por más que los chismosos hicieran burlas en su momento de las peripecias nupciales de Cayetana Fitz-James. Aquellas lanzas, no siempre caritativas, se han vuelto cañas afectuosas a la hora de su tránsito al otro mundo, aunque conviene admitir que la aristócrata gozaba ya en vida del favor del público. Es ese afecto popular lo que acaso explique alguna que otra paradoja. Por ejemplo, la del pueblo que declara en las encuestas su hartazgo de los privilegios y el correspondiente deseo de votar a Podemos para que ponga fin a tales patentes de casta. Hay que suponer que parte de esos encuestados son los que después consumen con avidez los detalles del velatorio de una de las grandes terratenientes de España. Aquí no parece haber contradicción alguna entre el Hola y Hugo Chávez.

Son los medios de masas y muy en particular la televisión los que crean la realidad en España y en el mundo, según descubrió hace ya muchos años el profesor Marshall MacLuhan. No importa lo que salga en la pequeña pantalla, sino el mero hecho de aparecer en ella. Da fe de eso Belén Esteban. La duquesa le llevaba en este aspecto una cierta ventaja a Pablo Iglesias. La veteranía es un grado: y la aristócrata acumulaba bastantes más trienios de antigüedad en los programas de la tele que el recién llegado líder de Podemos e incluso la popularísima Esteban. A nadie debiera extrañar, por tanto, la atención mediática a un miembro de la nobleza. Este es, a fin de cuentas, un país de paradojas en el que la tele iguala en notoriedad a la casta de toda la vida y a los que quieren acabar con ella. El share es el que manda.

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