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Un terror cercano

Primero se expandieron entre Siria e Irak, donde se calcula que cuentan con más de 30.000 combatientes; después, establecieron bases en Afganistán o Egipto; más adelante, han contado con apoyo en Jordania, Líbano, Yemen o, incluso, las paradisíacas islas Maldivas, con jóvenes dispuestos a desplazarse para hacer la yihad en territorio sirio. Pero el Estado Islámico, cuyo califato fue instaurado en junio por Abu Bakr al Bagdadí, está cada vez más cerca de convertirse en un serio problema para Europa.

Y no solo por la participación de uno de sus militantes en los atentados de París, en enero. La alarma se ha disparado tras el degollamiento de una veintena de cristianos coptos egipcios en Libia, país en el que milicias surgidas tras la caída de Gadafi se han declarado «vasallas» de Estado Islámico. Lo que les sitúa a poco más de 300 kilómetros de las costas italianas. Unas costas que ya han amenazado, por la vía de enviar terroristas camuflados entre los miles de refugiados sirios que desembarcan allí continuamente.

Todo ello, mientras consolidan una organización muy eficaz, tanto en sus labores de propaganda (colgando vídeos de ejecuciones en YouTube o destruyendo estatuas de gran valor; caso de Mosul, recientemente) como en las de reclutamiento (ya que su sistema de recaudación, basado en la extorsión, los impuestos o la venta de petróleo en el mercado negro les permite salarios relativamente elevados para los jóvenes que van a parar a sus filas).

Mientras esto sucede, Occidente sigue sin dar una respuesta clara (más allá de las operaciones policiales antiterroristas), en medio del creciente desapego de la gran potencia (EE UU) a la hora de ejercer como policía ante las amenazas globales. Algo que saben bien las huestes de Al Bagdadí, mientras expanden su mancha de aceite del Mediterráneo hacia el norte. ¿Hasta cuándo?

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