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El príncipe y el mendigo

Sucedió hace apenas unos días en Nueva York. Con la Gran Manzana a quince grados bajo cero. Se llevó a cabo uno de estos experimentos sociológicos a los que los estadounidenses son tan dados. Un adolescente, casi un niño, con una camiseta de manga corta tirita de frío tirado en la calle. Se cubre como puede con una bolsa de basura. Una cámara oculta graba la reacción de los transeúntes. Pasan deprisa, arrebujados en sus abrigos, mirando sin ver o viendo, pero sin parar. Hasta que al final un hombre se detiene, se sienta en el suelo junto al chico y le pregunta «¿No tienes casa?» «¿Dónde están tus padres?», se quita la chaqueta y se la echa por los hombros, le abraza para darle calor y le da unas monedas que lleva en el bolsillo... y que acaba de reunir, porque el hombre es un sin techo, un mendigo.

No sabemos, en estos tiempos en que cualquiera puede colarse virtualmente en la alfombra roja de los Óscar, cuánto había de preparado y cuánto de espontáneo en este vídeo. No estamos en NY y aquí ya se avanza la primavera. Pero da igual. Tampoco importa si se trata de un niño, o de un perro, o una mujer. Si hace frío, o calor, o ha habido un accidente, o un desmayo. O si en el autobús iba de pie una persona mayor. O alguien arrastraba más peso del que podia soportar. Porque lo que hay que pararse a pensar es ¿cuántas veces he pasado yo de largo?

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