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Teresa de Jesús

Por las malas inercias, no he leído nada de Teresa de Jesús de más de una página de extensión, aunque por los buenos profesores de literatura que tuve la suerte „la suerte que necesitaba„ de encontrar por el camino, me ha quedado una imagen de ella que me parece básicamente justa. Una mezcla insólita de santidad, iniciativa, carácter inclinado a la acción, mucho tráfico hormonal y desvanecimientos del alma en su elevación. Completaré el retrato después de leer Para vos nací, de Espido Freire, una escritora un tanto recatada y poco farandulera, a la vez normal y lo bastante rara para fijarse en esas cosas. Si alguien así se pone a escribir, seguro que tiene estilo: me refiero a las dos.

Mientras tanto, el vecino de la Vall de Segó (y amigo), Fernando Delgado, ha obtenido el premio Azorín por Sus ojos en mi, otro episodio de la santa: sus «amores admirativos» con el fraile Jerónimo Gracián. Mujeres como esta Teresa, nacen muy pocas: puede que una cada medio milenio. Naturalmente, los cínicos, que se vedaron la vía natural a tales transportes, torcerán el hocico de conejo y dirán que ya Bernini sacó a la de Ávila con una expresión de tormento gustoso, atravesada, como Rocío Jurado, por una ola de espasmos ginecológicos. Puede, pero cuando es cierto, siempre es más. Mucho más. Es como Bob Dylan lanzado a cantar a Frank Sinatra. No me parecía ni siquiera factible, pero oí en la radio una de sus canciones y parecía un maravilloso «crooner» jubilado en un club vaquero de Milwaukee, con su voz llena de grillos y musgos y sol de atardecida: me limpió el alma.

Así que Teresa de Jesús, sí: la única doctora, quizás accidental, de la Iglesia de Roma, acostumbrada como buena hija de judíos a hablar directamente con Dios, aunque el párroco exija supervisar las oraciones y ponerle póliza y sello. Bueno, nuestro primer místico era moro y de Murcia y se llamaba Ibn Masarra. Los naranjos que crecen cerca de la línea de su imposibilidad, tienen la fruta más sabrosa y donde hay peligro, crece lo que nos salva (Hölderlin) ¿Qué queda de todo aquello? Queda Teresa de Jesús.

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