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Jesús Civera

La ilusión y la ciénaga

Desde el esplendor de la prensa de masas, que coincide con los Gordon Bennet, Joseph Pulitzer y Randolph Hearst, se sabe que las investigaciones periodísticas son una abstracción (digámoslo finamente) destinada solo a los creyentes. Uno de aquellos editores lo advirtió en su día: lo que investigan los periodistas son los contornos de la documentación previamente «regalada» por alguien interesado en algo. Décadas después, el celebrado caso Watergate, paradigma de la investigación periodística, inscribió en el Parnaso del gremio aquella sentencia del primer productor de la industria periodística de EE UU, el fundador del New York Herald: el jefe o el subjete del FBI entregó -paso a paso y marcando los tiempos, toma!- la mercancía periodística a los lauredados profesionales del Post para que la redactaran felizmente. Nadie se puede caer hoy del guindo, en esta parcela, a no ser que la intrepidez de la inocencia o el arrebato seminal nuble lo que es una convención entre los profesionales que elaboran los periódicos desde los tiempos novelados por Hammet o McCoy. Si alguien decide sustituir el escepticismo como material primigenio del periodista por un altar en el País de las Maravillas, o por una sacudida emocional, está en su derecho. El respeto es la gran medicina democrática y civilizatoria. Allá cada cual. No obstante, para acotar los términos de la realidad, así en la prensa como en otra disciplina, conviene pisar el suelo. En el caso Rus -o como se llame- no pocos pecan de idólatras de la «profesión» o vuelven grandiosas las cosas ordinarias. Es mucho más fácil. Las gargantas profundas son invasivas y hay que saber apartarlas. El empresario del norte, por ejemplo, castigado porque almacena millones de esas luces horribles y blanquinosas adquiridas en China; el partido político denunciador que traslada a la Fiscalía en julio la documentación aportada por «alguien» -un pajarito- y que hace estallar a mediados de abril alegando que Anticorrupción ha dado el pase al juez y obviando el secreto del sumario: hay que tocar bola antes de las elecciones; los señores que están en el cogollo y que tampoco se muerden la lengua según sus intereses; los intereses de quienes disponen de pruebas pero no las trasladan a la opinión pública porque quizás dañen a actores políticos a los que dan protección. En fin, es un milagro que las palabras sean actos, como decía el francés, en esta ensalada multicolor, pero lo es más que algunas voces se consagren, en estos tiempos del cólera, a loar la pureza de la investigación cuando los párvulos saben que se glosa el insignificante soplo de una vulgar fuente embaucadora que privilegia su lucro sobre todas las cosas y que hoy ha cambiado los sobres y los folios por los pen drive (y a la que, encima, habrá que «beneficiar» en contrapartida). No te jode. Mamarse el dedo no es el único argumento de la obra. Que la vida va en serio.

El PP tiene un drama por delante. Faltan dos semanas para las elecciones. El caso Rus hubiera podido explotar hace un año. Lo ha hecho ahora, cuando más destrucción provoca en el PP y más beneficia a la oposición. Una oposición que, ya digo, se preocupa del tránsito judicial del caso pero, y es insólito, envía o aplaude la cinta en la que se oye a dos señores -Rus niega que sea él- contando dinero. Si algo se puede decir de este caso -más allá de pillar a los sinvergüenzas- es que da mala espina: parece una ciénaga.

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