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Genio renacentista

La operación de compra de Pelayo se cerraba ayer tras un año de intensas negociaciones. Se hacía ante notario público, por lo que es de suponer que se pone fin a un guión enrevesado en el que no han faltado toda clase de proclamas, exaltaciones y sesiones fotográficas. Hay quien llegó a pensar que la historia de «La Catedral» de la pilota valenciana se cerraba para siempre desde que se inaugurara en 1864. Pelayo ya hubiera cerrado hace decenas de años si su solar sirviera para algo. La suerte que hemos tenido es que, queriendo o sin querer, aquello se quedó en medio de dos calles en la ampliación urbanística de mediados del XIX. Se le permitió una servidumbre de paso, y punto.

Pelayo no sirve para solar salvo que alguien se decida a comprar todas las fincas que lo circundan, que son muchas. Así es que toda esta explosión mediática que ha acompañado el proceso sólo sirvió para que el propietario de la instalación se subiera a la parra pidiendo cada día más.

Un simple cambio de gestión y una renovación de los contratos de alquiler bastaban para garantizar la actividad, si alguien se decidía a invertir en la organización de partidas, deficitarias desde que la gestión global de la pelota profesional cayó en un monopolio que decidió convertir a Pelayo en un actor secundario. Lo que urgía era una inyección de ideas y de ilusiones. Eso es lo que se ha propuesto José Luis López, que ha tenido la deferencia de prestar el protagonismo a la clase política. De momento es él el propietario si bien no se cansa de repetir que desea que más pronto que tarde lo sea el pueblo valenciano. Lo será cuando tenga el dinero que hoy no tiene. Estoy por decir que López sería capaz de regalarlo. La figura del mecenazgo se manifiesta en todo su genio renacentista.

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