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De Kant a Berlín

Los candidatos, guapos, buscan la televisión, la cercana, la maruja, donde abundan los caladeros de indecisos, porque cuando tropiezan en otros escenarios pueden quedar visiblemente desnudos.

El último hurra» es una soberbia película política de John Ford que les recomiendo fervientemente. En la misma, Spencer Tracy es un veterano alcalde de Boston, simpático e inteligente, populista a su manera y que practica en la cercanía un cierto grado de compadreo clientelar, una especie de corrupción light para entendernos. En la que será su última contienda electoral se enfrentará a un oponente idiota, sin recursos ni gracias de ningún tipo, prefabricado por un grupo de oligarcas locales y, eso sí, que utiliza la televisión por primera vez en aquella época, 1958. Al candidato idiota le preparan un reportaje familiar en la tele mientras Tracy estrecha manos a pie de calle. La última secuencia del filme es la de nuestro protagonista volviendo andando a su casa la noche de su derrota electoral mientras por la acera de enfrente circulan ya partidarios ruidosos del otro, el vencedor idiota.

Más de medio siglo después, me comenta un candidato del Partido Popular que se ha pasado la mañana en un mercadillo alicantino, el primer día de la campaña presente, que una señora le espetaba «lo bien que ha estado Mariano en el debate». ¿En el debate, en qué debate?, se ha preguntado en un instante el candidato, hasta que ha caído en lo obvio: la señora no se refería al debate a 7, ni al debate a 4, ni a ninguno de los debates por bloques que no son capaces de ver ni las familias de los allí presentes, ni a la polémica sobre si ha hecho bien o mal Mariano en eludir los debates. La señora, obviamente, se refería al debate con Bertín Osborne, claro está.

A Bertín le ha venido la diosa Fortuna a ver. En el ocaso de su carrera televisiva como showman, tras conducir programas de todo tipo y condición resulta que ha batido los récords de audiencia haciendo entrevistas íntimas a políticos. No es Soler Serrano ni se le parece, pero capta de aquel la capacidad de transmitir empatía hacia el entrevistado y de vehicularla al espectador. Bertín, el simpático y guaperas jeta nacional, reaparece como tipo amigable, directo y cordial.

Han sido muchos los comentaristas que han criticado de manera contumaz a Bertín por la placidez de la entrevista, todo un masaje al candidato Mariano ante más de cuatro millones de telespectadores. Pero Bertín no engaña a nadie. Su programa va de eso, de mostrar el lado humano de sus invitados. También lo hizo con Pedro Sánchez y lo tenía que haber realizado con Albert Rivera y Pablo Iglesias, pero al parecer esto último no se lo han dejado hacer o no ha podido. Bertín, de hecho, es votante confeso de Ciudadanos. Lo que ocurrió es que nadie como Mariano necesitaba con tanta urgencia un lavado de imagen semejante. Tildado de aburrido, solitario y elusivo, el presidente del Gobierno en funciones apareció más humano que nunca, padrazo tardío y entrenado jugador de futbolín. Y tanto que ganó el debate.

A cada uno, sin embargo, le va un formato diferente. Mariano, posiblemente, no resista un debate a cuatro, y seguramente no soportaría una tertulia bocadillera con un rival y Jordi Évole como moderador como si tuvieron Rivera e Iglesias. Ambos dos, junto con Sánchez, parecen haber nacido para la nueva política televisiva que el país acaba de descubrir, 57 años después de John Ford. Ni mejor ni peor sino distinta. España, Cataluña incluída, no solo ha acabado con el bipartidismo en estas elecciones sino que se apresta a liquidar la Constitución y los modelos del liderazgo político y su comunicación estratégica.

Los candidatos no solo desfilan por el programa de Bertín o el del Follonero, sino que se dejan idiotizar en el de Pablo Motos, banalizar con Ana Rosa Quintana y María Teresa Campos o someter a cualquier pericia televisiva que se presente. Las tertulias políticas, tan en boga, ya están en desuso, pues solamente sirven para repartir estopa y no para mostrarse humanista. Es significativa la huída de Pablo Iglesias de los sets donde se desarrollan los gallineros políticos, precisamente el escenario que a él le dio fama y catapultó a la política. Bastante tuvo con la entrevista contumaz que le propinó Ana Pastor, verdadero inicio de su declive cuando amenazaba seriamente con un sorpasso al partido socialista.

Los candidatos, guapos, buscan la televisión, la cercana, la maruja, donde abundan los caladeros de indecisos, porque cuando tropiezan en otros escenarios pueden quedar visiblemente desnudos. Es lo que les ocurrió a Rivera e Iglesias en el debate de la Complutense a cuento de la cita de Kant, el filósofo criticista cuya lectura produce úlcera mental. El uno lo citó mal „y es profesor universitario„ a cuento de una obra menor del pensador de Könisberg, «La paz perpetua». El otro vaciló, y terminó avergonzado por no haber leído a tan eminente filósofo. Eso no les hubiera pasado si se hubieran sustraído a las lecciones del «Manual de Filosofía portátil», del brillante didacta valenciano Juan Arnau.

Pero ahora, más que leer se utilizan las redes sociales. Y algunos las martillean sin piedad. Una sola vez he usado Twitter en mi vida, hace dos veranos para localizar a un amigo perdido. Me dí de alta y lo encontré, pero desde entonces recibo a diario en mi email docenas de preavisos tuiteros. Uno de ellos, no sé a través de qué conclusión digital de la inteligencia artificial en red, suele ser de Pablo Iglesias, que no para. Puede que la conectividad proceda de alguno de mis hijos mayores, pues un servidor, que me perdonen las nuevas tecnologías, no está para muchos trotes de redes sociales, al fin y al cabo tengo ya la misma edad que la película de John Ford.

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