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Munch y el lejano oeste

Jamás había visto, en pintura, un desnudo femenino arrodillado. Ni en el Kamasutra. Lo pintó de Edvard Munch (1863-1944). Y si no fuese por el AVE que inauguró Felipe González en 1992, no hubiera podido ir a Madrid y regresar a Valencia en el mismo día; montado en una bicicleta como la de Joan Ribó. Una quimera. No habría llegado ni al Vedat de Torrent. El AVE me condujo al museo Thyssen-Bornemisza.

Munch está considerado como uno de los padres de la modernidad, con Cézanne, Van Gogh y Gauguin. Es lo que aseguran los expertos en catálogos de exposiciones, como Vicente Taltavull. Ya se sabe (yo lo sé) que en la mayoría de los catálogos abunda la retórica huera. La única diferencia de unos a otros es cambiar de pintor. Pero bien. Munch era noruego, es decir, de la fría Europa luterana, y en su caso trufada de pesimismo existencial. La falta de sol le inspira seis versiones de La niña enferma (1886-1927). Si bien es cierto que en este caso puede que estuviera imbuido por su hermana, tuberculosa. Por consiguiente hay que respetarlo como persona y artista.

En general, hay mucha muerte, ansiedad, pánico y melancolía, uno de los pocos cuadros con luminosidad mediterránea. Seguro que lo pintó cuando la breve primavera-verano noruega. Sin embargo, después de dos décadas de exilio voluntario en Francia y Alemania, su pintura adquiere más luz y optimismo. Estos cambios estilísticos pueden deberse al descubrimiento de que no todo reside en la oscuridad o la penumbra (el battlle de Valencia va a disminuir la iluminación callejera un 60%: ¿el nuevo Munch?) y de que en Francia y Alemania hay vino y cerveza. El vino contrarresta, en cierto modo, la agónica concepción de Munch.

Su cuadro El grito (la versión canónica está en el Galería del Museo Nacional de Oslo) debería exponerse en las consultas de todos los psiquiatras para enfermar más a sus pacientes. Desde luego, no es La alegría de la huerta, una zarzuela cuya música es de Federico Chueca. Hay que sospechar que después de regresar a Noruega con muchas pintas de cerveza alemana y varias botellas de vino de Burdeos o Borgoña en su psique, Munch vio la luz y pintó cuadros refulgentes e incluso alegres, como Las niñas en el puente o el Ganso, un ánade feliz, picoteando en el suelo, bajo un árbol. También vi más optimismo en ciertas estaciones del año o escenas rurales. En Noruega también hay campo; y colorista a poco que cualquier pintor „Munch incluido„ se lo imagine. Aparecen mujeres, la ya citada (se arrodilla y jamás sabremos por qué) u otra más bien (o mal) casi anoréxica.

Para ser justos, no escasean las escenas amorosas (El beso: no se ve, se imagina). Munch es un recatado luterano, aunque no fuera a misa, si es que en esta religión hay misa al estilo católico. Compárese El beso con El origen del mundo (1866), de Gustave Courbet. Un coño „o vagina„ rebosante de vello púbico en primer plano. Aquí está, evidentemente, el origen de nuestra especie y otras animales, como los perros de la edil Glòria Tello.

Munch se puede comparar, por su procedencia y parte de su temática, con dos cineastas que admiro muchO: Carl Theodor Dreyer e Ingmar Bergman. El primero, nacido en Dinamarca; y el segundo en Suecia. Países nórdicos. Dreyer tiene varias obras maestras. Elijo dos de cada uno, al azar de un ´gin tonic´: Ordet, (1955) y Gertrud (1965), de Dreyer. Y Los comulgantes (1963) o Pasión (1969), de Ingmar Begman. Ambos pertenecen al Cine. Munch, por así decirlo, entre otras razones porque les falta la luz de Sorolla, nuestros meses de junio, julio y agosto y el Mediterráneo.

Con que les diga que la exposición, magnífica, está dividida, temáticamente, de esta manera ( Melancolía, Muerte, Pánico, Mujer, Melodrama, Amor (una excepción), Nocturnos, Vitalismo (la otra excepción a la regla) y Desnudos (feos, feístas o deprimentes), ya se imaginarán que Munch fue un gran pintor para mentes atormentadas o abstemias. En una entrega próxima me referiré a la otra exposición, La ilusión del Lejano Oeste, donde no es oro del río Yukón lo que más reluce. Es igual porque el material expuesto merece un folio.

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