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Calentón francés

En la raya entre el Rosellón y el Aude los viñedos se desmayaban en amarillo, en pleno diciembre, de modo que tenían la misma temperatura tonal que los álamos de La Camarga, un contradiós. No por tener más oro se es más rico. Cuando yo era niño, Francia era Arlés y Nimes, es decir sus estaciones -de tren o de autobús-, desde donde se repartían los braceros de Sueca y sus satélites (mi ciudad tiene más lunas que Júpiter) por toda la extensión de las bocas del Ródano: para plantar o segar el arroz y, ya puestos, para cortar los racimos o recoger las manzanas, sólo los higos caen en la boca abierta que los espera, y no siempre. Tenían fama -o se la ponían ellos- de ´no tindre-li por a la faena´.

Francia no es el gran norte ruso o Finlandia, pero no hace mucho, cuando tomé la costumbre de visitarla en invierno, hacía un frío del carajo. Contemplabas el famoso templo románico de Moissac, en cuya portada el Infierno es una bestia dentona salida de Yellow submarine, y corrías a refugiarte en el bar más próximo con la bufanda enrollada, resoplando, las manos encajadas en los bolsillos del chaquetón. O salías pitando hacia Montauban para ver a los parroquianos brindar con rouge y una canción goliárdica en los labios. Nadie diría que en Francia pueden vivirse aventuras dignas del Mar de las Antillas, pero una vez me situé en la cola de un huracán -ahora normales- y así iba viendo, un día después, los destrozos que causaba a su paso por las Causses y el Tarn.

Era más o menos la geografía que recorrió Stevenson con su burra Modestine unos cuantos siglos después de que católicos y protestantes se mataran unos a otros con absoluta devoción, cada cual convencido de que el Espíritu hablaba más por su boca que por la del vecino: como sunitas y chiíes. Con doce grados de mínima, la preciosa Arlés, la griega, parecía Benalmádena, pero en un poco más húmedo. Francia ha producido albigenses, templarios, jacobinos y, finalmente, una hereje de mechas rubias, astuta, que aunque se llame Le Pen, no parece de letras: se dirige a corazones agrícolas, desalentados. Será el efecto invernadero.

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