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Alfons Garcia

¿Así es la guerra, de verdad?

«Así es la guerra, el trabajo más duro que uno se pueda imaginar», dice un personaje de Morir en primavera, de Ralf Rothman, una de las mejores últimas novelas sobre la II Guerra Mundial, según los críticos. Lo dice un soldado alemán después de explicar cómo lanzaban granadas en los establos de los partisanos y diezmaban sus familias. El bramido de los caballos agonizantes era insoportable, pero así es la guerra. Algo así debió de pensar Pablo Iglesias cuando decidió el pasado miércoles que los diputados de Podemos no iban a participar en el minuto de silencio en el Congreso por la muerte de Rita Barberá. ¿Es hipócrita tener un gesto de respeto con quien hasta ayer ponías a caldo? Creo que no. No se trata de santificar ni de dignificar al difunto, algo tan habitual en la cultura mediterránea (muérete y hablarán bien de ti, es ley no escrita), sino de tener algo de compasión con ella y los suyos ante el suceso más definitivo en la vida: la desaparición. Probablemente con Labordeta no se hizo el minuto porque el PP no quiso, pero responder con el ojo por ojo no parece un gran programa de futuro. Más bien, tensar las reglas del juego político. Vivíamos en la ilusión de una mayor catadura moral de la izquierda. Quizá era un error. O quizá el líder morado actuó por mera estrategia política: por no ser como el PSOE, por fijar en el imaginario colectivo su estampa como el polo opuesto a lo que representaba la exalcaldesa. Así es la guerra. «Destruir lo puede hacer cualquier idiota», le responde otro personaje al soldado alemán.

La otra cara de la moneda es recurrir a la muerte de Barberá para un lavado de cara del PP. Conviene poner el debate en contexto, porque si no puede parecer que una jauría mediática se ha cebado con una cándida clase política sin motivo alguno. La culpa de que la senadora fallecida, Francisco Camps, el medio centenar de concejales y asesores del PP de Valencia, Manuel Chaves, José Antonio Griñán y el resto de políticos, principalmente del PP, hayan sido apartados de sus cargos o partidos al ser imputados (e incluso antes) es del hedor a corrupción instalado en la vida pública por amontonamiento de sumarios cada cual más sucio. Los partidos solo han podido levantar diques de contención para aguantar unos mínimos de credibilidad. ¿Los eliminamos ahora, como algunos dirigentes del PP dejan caer? Actuar por impulsos da cuenta del estado de la vida pública por estos rincones, tampoco muy diferentes de EE UU o Gran Bretaña. Pero bueno, así es la guerra (política, por supuesto).

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