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Lo que quitan los despachos

Uno de los males endémicos de la gestión taurina es, sin duda, la batalla que se libra en los despachos. Movimientos calculados en la frialdad de cuatro paredes y un solitario teléfono con el que cercenan las ilusiones de quienes se han ganado el pan en la dureza del ruedo con el sudor de su frente. Es el caso de Rafaelillo, pero también el de Garrido y Castaño. Este inicio de temporada se está caracterizando por la desmedida supremacía de la casta empresarial, que impone la ley del embudo al más pintado. O tragas con lo que hay, o te quedas en casa compuesto y sin ferias. Y ojito con hacerle frente. El desequilibrio en el reparto de derechos y deberes nunca resulta beneficioso, y menos en el caso en el que quienes tienen que asumir los efectos perversos de las decisiones de unos pocos son, encima, los que por méritos propios nunca deberían hacerlo: los que se juegan la vida de verdad cada tarde.

Está la tauromaquia actual como para que cuatro sátrapas se guisen las ferias al gusto de sus injustificados caprichos, preocupados como están en moverse para que nada cambie y seguir acumulando poder para intercambiar toreros como si de cromos se tratasen. Está la tauromaquia actual necesitada del concurso del insensible empresario capaz de dejarse fuera de los carteles a un torero que le ha ganado la batalla al cáncer en el ruedo de la vida y luego se la ha vuelto a jugar a carta cabal ante dos toros de Miura en el palenque sevillano. Mientras que los méritos cosechados en la cara del toro se sigan ninguneando impunemente en el maniqueo juego de intereses ajenos a la realidad del toreo, seguiremos acercando peligrosamente al borde del precipicio una actividad artística que concita el interés y el desvelo de miles de aficionados. Si cae, la culpa será -como siempre- de los que más arrimaron el hombro para evitarlo. No falla.

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