Opinión
Profesor de Filosofía y Agente de Igualdad
Agustín Zaragozá
¡Sin conexión!
Confío en que algún día las máquinas desempeñen la mayoría de trabajos posibles. O al menos, contribuyan a dulcificar ciertos engorros inherentes al tajo. A modo de ejemplo, el profesorado impartiría su lección desde casa o un hotel de Cancún (este menda podría atender a remojo en la piscina las dudas de su alumnado). Aportaré una razón ecológica, otra pedagógico-humanista y por último, económica, si bien es cierto que aumentarían no pocas razones más a partir de éstas.
Ecológica porque evitaríamos millones de desplazamientos diarios, de maestros y discípulos. Todo un chute de oxígeno para la maltrecha capa de ozono. Pedagógica por mor de las nuevas tecnologías. El alumnado sólo atiende a través de cacharros de última generación. Les confieso algo ruborizado que, quien firma esta columna, acostumbra a impartir sus clases de Platón detrás de una pantalla transparente de televisión. De 60 pulgadas LED, por dar más señas. Ya saben que el tamaño sí importa en asuntos digitales. Pedagógica-humanista en tanto que el alumnado aprendería en su hogar, arropado por el calor familiar -evitando el drama que supone a los padres separarse de las criaturas- y gestionando su tiempo, las tareas, sin necesidad de cargar diariamente esa pesadísima mochila (razón ergonómico-física). Finalmente, decía, el factor económico, quizá el decisivo en tanto que convencerá a nuestros cicateros políticos. No harían falta institutos ni colegios. Ni que decir que el profesorado aceptaría el lógico recorte salarial. Ningún drama supone esa bajada de nómina cuando se invierte cero euros en desplazamiento o comidas. Podría plantearse la posibilidad de un mayor reajuste a quienes prefieran impartir sus clases en deuvedé, grabadas y listas para proyectarse en cualquier momento. ¡Menudo chollo! Educación 24 horas y de calidad, ¡insuperable!
Si usted cree que este servidor delira, medite, so cenutrio. Lo mismo pienso yo de quienes naturalizan su trabajo, proyectado y eternamente prolongado en sus casas desde grupos de wasap, videoconferencias, correos electrónicos... La línea divisoria empleo-tiempo libre se difuminó como resultado de unas herramientas digitales invasoras de nuestra intimidad. A muchos se les mete en su lar el jefe, los compañeros de trabajo o el cliente, de modo que su trabajo pervierte e intoxica el ocio. ¡Y nadie se asombra ante esta absurdidad existencial! A la espera de la aprobación de mi propuesta en el Congreso de los Diputados, háganme caso: no permitan que el tajo se entrometa en su transitar vital. Sin complejos, ¡y sin conexión!
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