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La mentirosa posverdad de media Cataluña

Por desgracia, los últimos episodios del independentismo catalán siguen urdiendo las mallas de lo irreversible. El entorno de Puigdemont anuncia que la segunda respuesta al requerimiento del Estado español será igual que la primera. En la calle se manifiestan para protestar por el encarcelamiento de los Jordis y hay jaleo de minorías en el Congreso de los Diputados. Pero Cataluña no va a ser una república, digan lo que digan y hagan lo que hagan sus promotores. Son ellos los que cierran las salidas del diálogo, anclados en la premisa de la independencia, no proclamada ni siquiera declarada, según se deduce de la primera respuesta evasiva de Puigdemont y repetirá la segunda. Extraña voluntad de diálogo con una toma de postura inamovible sobre el asunto a debatir, que no es de recibo en términos legales y constitucionales. Tal premisa y la pretensión de hablar «de Estado a Estado» solo llevan a un diálogo de sordos con más desgaste que el que ya acusan las filas de la secesión.

Divididos o no, Puigdemont, Junqueras y la CUP han ido marcando la hoja de ruta en todos los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial, cada uno en su ámbito y con una autonomía que verifica el hecho mismo de que decisiones judiciales como la prisión provisional de los presidentes de la ANC y Òmnium no sea quizás lo más deseado por el Gobierno en la puesta en obra de sus obligaciones políticas.

La ciudadanía ajena al proyecto, que es al menos la mitad de la catalana y la inmensa mayoría del resto de la española, constata que la respuesta del Gobierno a la provocación es proporcionada a los pasos de un desafío tanto más crecido cuanto menores son sus bazas. La Unión Europea ha repetido en todos los tonos que éste es un asunto interno de un Estado miembro. Nadie avala la pretensión separatista de seguir en el euro. El cómputo de más de dos millones de votos en el referéndum ilegal, desmentido por todos los documentos gráficos; la patraña de los 900 heridos a manos de la Guardia Civil y la Policía Nacional; la presunta represión de derechos humanos; los presos políticos... todo aparece en la cadena de falsedades que, cuando baje la ola propagandística, perderá presencia hasta en las redes manipuladas.

Por si no fuese bastante patético, el abandono de las grandes empresas, muchas de ellas de vieja solera catalana, reduce a mentira lo que Mas, Puigdemont y Junqueras garantizaban bajo su palabra de honor: que no se iría ninguna. Ahora dicen ellos -no las empresas- que volverán a Cataluña. Ojalá lo hicieran si desaparecen las causas de la mudanza y se restaura lo que los empresarios defendieron en todo momento, que es el respeto a la legalidad constitucional. Lo que denota la insistencia en la mentira es que no tienen verdades dignas de crédito más allá de su parroquia.

Es imposible revertir las medidas que va tomando el Gobierno empujado por la insurgencia. Aunque hablen en nombre de Cataluña y los catalanes, los insurgentes solo tienen una precaria mayoría en el Parlament, a punto de romperse, mientras que la mayoría del Congreso de los Diputados que bloquea la secesión es una de las más numerosas de la democracia española. ¿Movilización permanente? Será hasta el cansancio y el hastío si no convocan elecciones y se negocia lo negociable con los actores que salgan de las urnas. Héroes como Puigdemont ya pueden darse por amortizados.

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