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«Me too» (he sufrido sexo no deseado)

Sshley Judd, Rose McGowan, Lauren Sirvan, Paz de la Huerta, Lena Headey€ ¿qué tienen en común? Todas han salido a la palestra para denunciar acoso sexual y conducta indecorosa, además de abuso de autoridad, intimidación y otros pésimos modales por parte de un conocidísimo productor ejecutivo de Hollywood, Harvey Weinstein. Durante unos días, este pasado otoño, parecía que le bastaría con pedir públicamente perdón y anunciar su visita a un terapeuta carísimo. Pero esta vez, no. De nada le ha servido ser padre de cuatro niñas, haber producido El señor de los anillos o colaborar en buena parte de las películas de culto dirigidas por Quentin Tarantino, Paul Auster, Kevin Smith, Anthony Mingella o Michael Moore, la flor y nata del cine independiente y comprometido.

Más allá de su flamante filmografía, Weinstein se ha convertido en un efecto social, la espoleta que ha servido a las mujeres de Hollywood para entablar una nueva batalla. A la luz de su caso, docenas de personajes públicos han denunciado en los medios vejaciones, presiones de todo tipo e incluso violaciones. Como ocurrió con el macarthysmo, la historia del cine ha empezado a revisarse para denunciar a reconocibles acosadores. Celebridades como Dustin Hoffman o Kevin Spacey van a perder el reconocimiento a su trabajo por mor de las acusaciones y confesiones que han protagonizado en las últimas semanas. «Me too» (yo también -he sufrido sexo no deseado-) es el eslogan que han lanzado al mundo las feministas californianas y una gigantesca ola ha empezado a recorrer el mundo€

La ola, convertida en movimiento, nueva cristalización de lo políticamente correcto, ha tenido un primer gran acto social en la gala de los Globos de Oro, cuando la práctica totalidad de las invitadas acudieron vestidas de negro. De negro pero de alta costura, como si estuvieran en un regio funeral decimonónico. Y puede que fuera ese elemento escenográfico que afecta tanto a otra industria, la de la moda, lo que ha provocado una reacción contraria desde otro polo cultural, París, la capital mundial de la feminidad.

Y así, un grupo de mujeres francesas encabezadas por Catherine Deneuve y avaladas por el prestigio de la sociología de nuestro vecino país, publicaron un manifiesto contra el «Me too», al que acusaron de puritanismo encubierto, un peligroso artefacto ideológico capaz de liquidar siglos de galantería. De los salones versallescos al análisis de la seducción de Jean Baudrillard pasando por los vernisages decadentes de las amistades de Marcel Proust, todo el armazón cultural francés se había puesto a temblar. A Deneuve le han dicho de todo, incluyendo notas agridulces sobre su pasado marital. En la tertulia televisiva de mujeres que modera Inés Ballester, una de las invitadas llegó a acusar a la actriz de consentir el «reconocido machismo» de Marcello Mastroianni y de, incluso, vivir un affaire con el «depravado» Roman Polanski. El debate alcanzó una alta intensidad y eso que no salieron a relucir algunas de las discusiones más polémicas del feminismo renovado, pues es de Francia de donde surgen movimientos como el que lidera la feminista, lesbiana y exprostituta Virginie Despentes y su teoría King Kong que ataca con crudeza los grandes tabúes masculinos.

En aparente paradoja, el movimiento «Me too» surge en una época de máxima sexualización de la vida cotidiana y de los resortes de la creatividad artística. La literatura reciente, sin ir más lejos, se ha vuelto explícitamente erótica, una condición que los editores saben que arrastra a una buena parte de su clientela femenina. Las mujeres son las principales consumidoras de narrativas ardientes y representan la amplia mayoría de los lectores actuales. Es mujer, Erika L. James, la autora del gran bestseller erótico de nuestros días, Cincuenta sombras de Grey, que basa su excitante dependencia en la morbosa sumisión sexual de la protagonista.

Y no solo la literatura. La música pop, de Madonna a Beyoncé, Shakira o Rihanna, y ya no digamos Miley Cyrus, ha convertido sus ritmos y bailes en movimientos de alta intensidad erótica, a años luz de aquellos gestos revolucionarios que inauguró Elvis Presley con su elasticidad pélvica. Y las artes plásticas, con el argumento de perturbar el cinismo de la sociedad bienpensante, han convertido en centro de su obra el cuerpo humano desnudo en el estado más pornográfico, hasta el punto de que muchos museos de prestigio organizan muestras con abundantes imágenes dominadas por escenas bondage, sadomasoquismo y otras prácticas que hasta la fecha permanecían ocultas. Legendario fue, entre nosotros, el catálogo con una fotografía de un fist-fucking (penetración anal con el puño), cuyo prólogo firmó el entonces presidente de la Generalitat, Eduardo Zaplana. Descuidos de la modernidad, como la circulación de pornografías, pederastias y demás caudal desformativo por internet, de acceso libre para niños y adolescentes inquietos.

Nadie pone duda que vivimos tiempos de liberación, y la de las mujeres es posiblemente la revolución que más está transformando la sociedad humana. Pero nada de todo esto responde a una situación simple. Puede incluso que la crispación ambiental de nuestra época se deba al creciente aumento de la complejidad de las cosas, a la ambivalencia de los valores morales y a la imposibilidad de tener pautas de conducta que expliquen el mundo, que nos expliquen a nosotros mismos, de un modo único y sencillo. Desde hace siglos que no sabemos cómo afrontar la prostitución, por ejemplo, y en el presente nos vemos desbordados por la criminalidad de la violencia machista, para la que no basta con el Código Penal ni con la vigilancia policíaca.

Las relaciones sexuales ni han sido ni serán fáciles. Por un lado, nos liberamos de la represión y por otro caemos en el fetichismo. Tal vez la respuesta esté en la propia condición femenina si es que ésta no es una mera construcción social, pues lo masculino, esos King Kong que todos llevamos dentro, resulta más evidente y de una sola pieza. Como cuenta el antropólogo Joseph Campbell, las primeras manifestaciones de la divinidad entre los humanos fueron femeninas, así que es ahí, en la mujer, donde radica la respuesta del mundo.

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