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Matías Vallés

Facebook, por la cara

Compadezco a quienes de aquí a unos años tengan que explicar la mayor paradoja laboral de la historia. Cientos de millones de personas, que blasfemaban con motivo contra sus empleos, se pasaban la mayor parte de la jornada trabajando para otro empresario, que les pagaba cero euros por sus desvelos. Se sometían a Facebook, por la cara. Los réditos de su esclavitud se canalizaban a inversores tan ejemplares como Goldman Sachs. En efecto, si dispone usted de cuenta abierta en la red social, puede añadir el banco de inversiones a su currículum profesional.

La noticia de la sorpresa ante la filtración de millones de datos custodiados por Facebook está en la sorpresa. Dejemos a los mejores fiscales jóvenes de Estados Unidos, contratados por Zuckerberg para bordear la ley con aplomo, el trazado de la inestable frontera entre el tráfico con datos de personas y el tráfico de personas. La evidencia de que el gigante tecnológico carecía de control alguno sobre los datos que externalizaba, contrasta con la visión mesiánica de los apóstoles de las redes sociales. Facebook es un mercado negro, donde los negros somos todos menos el egregio fundador de la red machista que clasificaba a las alumnas de Harvard según su atractivo físico.

Alguien no quiere que Zuckerberg llegue a la Casa Blanca. Sin conocimiento ni consentimiento, no solo te has entregado gratis a ti mismo, también comprometes los datos de tus amistades. El despeñamiento bursátil de Facebook medirá si nos hallamos ante el enfurruñamiento pasajero del esclavo asumido, o ante la gota que colma el vaso de la emancipación de los espartacos. En el caso particular que más me interesa, y después de años en que no he acertado un solo desenlace electoral, ahora resulta que un nerd de Seattle es capaz de lograr que Rajoy vuelva a ganar las elecciones a partir de mi pauta en la compra de pizzas a domicilio. Si alguien es capaz de extraer una lógica a mis rutinas, no pienso reclamarle ninguna remuneración. Solo le exijo que me lo comunique, para celebrar alborozado que mi vida tiene algún sentido.

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