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El caso Alicante

Me confieso aturdido por la situación creada en el ayuntamiento de Alicante. Un buen tío muy arrimado al PSPV-PSOE (y sin embargo amigo) me desvela algunas claves de la conducta del exalcalde Gabriel Echávarri, que se destetó en Unión Valenciana: hubo unos cuantos beneficiarios de UV con apellido vasco-navarro va a resultar que el valenciano deriva directamente del ibero. A lo que iba: este amigo me cuenta que el Echávarri además de trocear la adjudicación de los servicios de una feria, destituyó a la cuñada de un concejal del PP que había tenido la osadía de denunciar al alcalde por su presunta alcaldada, que por algo tienen este nombre los gestos desmesurados de la autoridad local.

«Arrogante», «soberbio» y «vengativo» son algunos de los adjetivos que mi informante adjudica al que fue primer edil de la segunda ciudad valenciana. Eso sí, ya está sentado en el banquillo, celeridad que él mismo propició al dejar un rastro insolente de pruebas incriminatorias. Aún así, muy llamativo teniendo en cuenta que otras fechorías -en concreto del PP- ruedan por los juzgados toda una eternidad: si no lo digo, reviento.

Nunca habían tenido las izquierdas tantas oportunidades de derribar por muchos años a un PP flojo y pillado por las partes blandas, acorralado y sin aliento, achorizado y en liquidación, pero ya decía Isaac Asimov que la izquierda española está muy atareada en la lucha de unas facciones contra otras como para ocuparse de promover un cambio moderado o radical. Alguno es tan bestia como para actuar movido por afanes sectarios, pero en no pocos casos se trata de un fulano o fulana que solo trata de despejar el futuro cargado con la mochila de un sueldo estable. Que parece el caso de la tránsfuga Nerea Belmonte. Pero arreglarse la vida es un asunto de la esfera personal vinculada a los contactos, el espabilarse, los méritos y el curro, ¿no? Por cierto, el primer pleno del nuevo ayuntamiento de Alicante se dedicó a fijar los sueldos de los distintos componentes de la manada, digo de la Corporación. Desolador, cierto.

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