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Audiencia Real

Pon una boda en tu programación y que suba la audiencia, siempre pasa. Históricamente una ceremonia por todo lo alto gusta. Pasaba más en los 90, cuando la pantalla vivía una época dorada de enlaces reales, o folclóricos, que lograban congregar espectadores por millones cual final futbolística. A ver qué partido del Mundial consigue un 30 % de «share» a medio día, el partido del amor monárquico angloamericano puede. Seguí en La 1 el «yes I do» de Meghan y Harry salpicado por los chascarrillos de las amigas, conocidas, Pelayo Díaz, el cual le dio bastante color al programa, ¡ah! y también había un cura, sí un cura.

A la pública le ha gustado de siempre una retransmisión de protocolo y amor. Todavía recuerdo la multitud alrededor de Antonio David y esa Rociíto envuelta en un traje hiperbólico, firmado por Antonio Ardón y que hoy todavía aparece en mi mente cual pesadilla, quien no se acuerde mejor para él. Fran Rivera y Eugenia también se dieron el sí quiero previo al divorcio, ante las cámaras de TVE; y las infantas, una detrás de otra, y su hermano el príncipe hoy Rey. Las bodas gustan y si están ornamentadas con mucho lujo mejor. Y que la ceremonia del hijo pequeño de Diana fuese un éxito de audiencia tiene su mérito porque el espectador aguantó dos horas de misa, sermones incluidos, muy espeso, por mucha Spice girl que hubiese entre el público. Ahí estaban para sazonar el acontecimiento las conocidas de Inés Ballester opinando e informando. De todas las historietas me quedo con el de Isabel San Sebastián confesando que cantaba en un coro góspel y contando a la audiencia que Stand by me de Ben E. King es un himno afroamericano, revelador.

Intento olvidar las reiteradas afirmaciones en la mesa que aseguraban que la boda tenía tintes feministas, y no. Una boda en la que la novia adquiera el título de Princesa de Harry no tiene nada de feminista por muchas canciones que haya elegido para rejuvenecer y aligerar el viejo protocolo. Otra cosa es que la cosa entretenga el gran público de hoy, contento y que perpetúa su creencia en el cuento de la monarquía parlamentaria. ¡Qué viva la audiencia!

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