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Matías Vallés

No se lo recomendaría a todo el mundo

Salgo del cine culto un poco más cultivado, tras presenciar una película contracorriente. El encargado de las salas le demanda el veredicto a otra de las espectadoras de la sesión. La interpelada responde con superioridad cómplice que "me ha gustado, pero no se la recomendaría a todo el mundo". No solo establece una barrera con los sospechosos habituales, sino que se desmarca de su círculo íntimo, del reducido contingente de personas que se guían por su asesoramiento. También sus allegados están inhabilitados para apreciar los valores de una simple proyección cinematográfica, el arte esotérico que empieza con un niño pisando una manguera delante de Lumière.

"No se lo recomendaría a todo el mundo". Dan ganas de preguntarle por qué ha escogido a amigos tan deficientes, incapaces o ignorantes. Y en qué consiste exactamente el resorte intelectual que la separa de ellos. Y si no podría ocurrir que las calidades de la película fluyeran en sentido contrario, de modo que sus amistades se espantarían con sobrados motivos, en tanto que ella se pliega a falsas virtudes solo porque desea postrarse ante una producción húngara.

He dejado para el final la constatación de que en mi caso también buscaba distinguirme, al preferir esa oferta de la cartelera a Jurassic World. En todo caso, prefiero la sentencia "no se la recomendaría a nadie", en tanto que no propone una humillante discriminación clasista entre los irresponsables que atienden a mis recomendaciones.

La búsqueda desesperada del elitismo sigue siendo el principal argumento que sostiene a cotizados artefactos culturales. El pacto en torno a su pretenciosidad es inviolable. De ahí mi estupefacción, cuando nada menos que Carlos Fuentes infringió la conjura silenciosa para soltarme pasada la medianoche:

—Volví a ver El año pasado en Marienbad y me pareció insoportable. ¿Cómo es posible que admiráramos estas películas vacías?

Viniendo de alguien que profesaba el manifiesto que le había transmitido Alfonso Reyes, "no hay películas malas", se trataba de la ejecución de uno de esos clásicos que nadie se molesta en revisitar pero que tampoco se deben maltratar. Sin embargo, contemplando hoy la escena nocturna, tal vez Fuentes me estaba aplicando una versión suavizada de "no se la recomendaría a todo el mundo", donde me degradaba a "todo el mundo". Lo cierto es que el escritor había cambiado a Alain Resnais por un Hitchcock diario, y se le veía más feliz que nadie en el mundo.

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