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La abuela, la misa y amén

El día que la abuela de María fue a recogerla a la guardería y vio que salía con una marca de un mordisco en un carrillo, se le cayó el mundo a los pies. Habló con su hija y le sugirió cuidar de su nieta durante la semana. «El sábado y el domingo, cuando no trabajéis, estará con vosotros», le dijo. «Así podéis desarrollar el negocio con tranquilidad. Ella estará bien atendida y, de paso, os ahorráis la escoleta». Jamás dudó de la profesionalidad de las cuidadoras, pero ver la silueta de los dientes de un desconocido en el moflete de su nieta fue como recibir un bofetón. Esa mordida fue el principio de una gran historia de amor.

Juntas pasaron el sarampión, se pintaron las uñas de los pies por primera vez y jugaron a figuritas. Por las noches cenaban sopa con fideos, huevos con tomate, queso fresco rebozado o tortilla con perejil. Las noches de invierno, cuando la humedad helaba el ambiente y calaba hasta los huesos, la abuela planchaba y calentaba las sábanas de la cama de su nieta. Ella dormía ajena al frío. Ajena a todo. Feliz como una perdiz.

La nieta se hizo mayor y, aunque no vivían juntas, hablaban a diario, se veían los fines de semana y veraneaban en la misma casa. Le hablaba de su futuro, escudriñaban el carácter de los hombres o recordaban la historia de España. Un verano le presentó a su primer novio y la abuela creyó que debía advertirle sobre el peligro de los coches. «No te preocupes. Conduce muy despacio», le dijo la joven. «Me refiero a todo lo que puede suceder dentro de un coche», le respondió. Tras esa advertencia, el día que la relación acabó, María consideró que su abuela debía ser la primera en saberlo. Pese a todo, permitía que su nieta volara. Nunca le pidió que fuera a verla, ni exigió su atención. Por eso, su nieta siempre volvía. Pasaron los años y se convirtió en bisabuela. Durante un tiempo, cuatro generaciones revivieron las cenas de sopa con fideos, los huevos con tomate, el queso fresco rebozado... Y un día la abuela se olvidó de un par de ingredientes y le costó recordar el nombre de los Reyes Católicos. Confundía las edades de sus hermanas y apuntaba los números de teléfono importantes en una libretita que guardaba en su mesa de noche. A veces entrecerraba los ojos tratando de recordar algo importante. No lo conseguía y se frustraba. Dejó de cocinar y de ordenar la casa. Dejó de ser autónoma, de cuidar de los demás y pasó a engrosar la lista de las personas dependientes de este país.

El mundo de María cambió la mañana que su abuela no la reconoció y le devolvió una mirada y un gesto desconocidos. Ella intentaba reencontrarla en conversaciones ya tenidas. A veces lo conseguía y, al rato, volvía la desconexión. Poco a poco, las ausencias fueron más largas. Llegaron a hacerse eternas y María pasaba las estaciones creyendo que ésa sería la última que podría disfrutar con su abuela. La semana pasada mi amiga me llamó: «¡No te lo vas a creer! Ha ido a misa caminando con ayuda y ha saludado a todos los que la miraban como si fuera Lázaro. Creo que este verano seguirá con nosotros». Lo único que puedo hacer yo, que intento creer en algo y solo a veces lo consigo, es decir amén. Que así sea.

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