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Matías Vallés

Castro no lloró como Llarena

A Pablo Llarena y a José Castro les molestaría aparecer juntos incluso en un listín telefónico, pero la actualidad crea extraños compañeros de columna. Los paganos creíamos que los jueces, por no hablar de los seres humanos de menor alcurnia, estaban acostumbrados a que otros funcionarios les enmendaran la plana, y que lo encajaban como un avatar profesional. Por lo visto, si son miembros del Supremo se enfurruñan, arrojan las piezas del Lego por la habitación y dejan a medias el trabajo que habían emprendido. Y que pagaban los fondos públicos, dicho sea de paso. Blasfeman "A tomar por saco", según un nuevo artículo clarividente de Ernesto Ekaizer.

Aunque hoy parezca inverosímil, Llarena no es el primer magistrado de la historia a quien otra instancia anula una pretensión, y aquí se debería precisar si la mínima modificación de las aspiraciones del instructor a cargo de la sala juzgadora del Supremo también se entenderá como alta traición. En esta misma década, la Audiencia de Palma le negó a Castro la imputación de Doña Cristina de Borbón, una decisión tan inaudita que un voto disidente se preguntó si existían precedentes de tal oposición. Para ahondar el sarcasmo, el tribunal orientó al instructor hacia la vía tributaria.

Si Castro poseyera el talante grandilocuente de Llarena, habría recibido la estocada de la Audiencia como si hubiera sido dictada por pérfidos magistrados alemanes. Es decir, habría abandonado la investigación para lamerse las heridas. Así lo recomendaron públicamente muy enfurecidos articulistas, entre quienes quizás me encuentren. Sin embargo, el quijotesco titular de un juzgado de Instrucción asumió el descalabro, y se aferró al resquicio que sus superiores le habían planteado como un endiablado rompecabezas. Ensanchó con humildad la vía de indagación insinuada, lidió con la hostilidad del fiscal y la Agencia Tributaria, hasta plantear una segunda imputación que acalló a todos su adversarios. Citó a la Infanta como imputada y la sentó en el banquillo. Más no se le podía pedir. Llarena prefirió la placentera rendición.

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