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Para que conste

Cuando Manuel Valls aún no había rebasado los Pirineos para convertirse en aspirante a dirigir la colonia fenicia de Barcino, ya entonces yo le seguía la pista un poco avergonzado. A fin de cuentas, era uno de los nuestros, un exiliado, un emigrante (con banda sonora del gran Juanito Valderrama. O de Charles Aznavour, otro emigrante, armenio). Entonces vi que, el muy gilipollas, pertenece a la ralea de los socialistas que no ejercen como François Hollande, Felipe González o Tony Blair, este último el peor de todos pues es capaz de abrazar a Josemari Aznar sin vomitarle en las solapas. A Valls no lo quiso ni Emmanuel Macron, que ha conseguido la primera presidencia francesa de menudillos, despojos y macedonias.

Creo que hay que ofrecerle la alcaldía de Barcelona a Jeremy Corbyn, la verdad, así este flaco irónico podrá organizar un segundo referendo en Gran Bretaña y un tercero o cuarto -ya he perdido la cuenta- en Cataluña, con una estética mucho más sobria que la que se gasta Quim Torra con sus trabucaires, grallers, castellers y demás cuadros alegóricos de la imaginería patriótica, de modo que más que representar a uno de los países más avanzados de Europa, parece estar de permanente procesión del Corpus. Y luego están los comités de defensa de sant Ramon Nonat, que asaltan trenes de la Wells & Fargo, autopistas y el mismo Parlament. Alguien debería indicarles el camino a la Bastilla: coño, eso sí lo sabe Manuel Valls. Pregunten.

Los amigos de la revista gallega Luzes me pidieron que escribiera algo relativo al momento político y entonces tuve una visión y los ángeles me clavaron una astilla en la carne: vislumbré el futuro en forma de Emmanuel Macron montado en un patinete. En efecto, puede ocurrir cualquier cosa. Yo creo que a los condados catalanes lo que menos falta les hace es un jacobino como Valls, aunque eche de menos la banda tricolor y este pasando el mono o síndrome de abstinencia. O sea que ni me gusta Valls, ni Torra, ni Macron, creo que no lo había dicho. Para que conste.

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