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Matías Vallés

Bárbara Lennie no es exactamente una actriz

Es fácil enmascarar la mitomanía por Bárbara Lennie, bajo el enunciado protector de que te limitas a acudir con cierta frecuencia a ver películas españolas, y la madrileña no se ausenta de ninguna de ellas. Claro que proclamarse vicioso del cine autóctono empeora, en cualquier vademécum de enfermedades, a la fascinación hacia una figura que no es exactamente una actriz.

En apenas un mes de estrenos, Lennie protagoniza Todos lo saben, El reino y Petra, sin descartar que su estajanovismo implique a otros títulos no detectados. La primera película de las citadas es sin suda la obra maestra del cine hispanoiraní, y la madrileña da réplica a un insuperable Javier Bardem hasta el punto de embridarlo. En la segunda interpreta a Ana Pastor, aunque sus adeptos preferiríamos que se hubiera centrado en Mamen Mendizábal. Y en la tercera es fulcro, núcleo y eje de la narración. Siempre desde la distancia, aunque aparezca en primer plano.

Cuanto más cerca, más lejos. Y también más adentro. Bárbara Lennie solo es actriz en el sentido erróneo en que pueda sellarse con dicha etiqueta a Ava Gardner, pero el esquelético cine español no da para iconos. La madrileña siempre mira fijamente al espectador, incluso cuando se sitúa de espaldas a la cámara. De ahí el superfluo desnudo frontal de Magical girl, porque su rostro cubre en todo momento el cuerpo entero.

Lennie es problemática, pero la exigimos en pantalla y la película se desploma sin su concurso. El error de El reino consiste en avanzar su participación para después espolvorearla con avaricia en un par de escenas, sin entender que su anuncio no materializado genera ansiedad. No roba las escenas, las absorbe. Basta comparar el Buster Keaton de Lennie en Petra con la charlotada cinética en Ola de crímenes de Maribel Verdú, que corre a todas partes sin llegar a ninguna.

Siempre ajena, Lennie introduce un elemento de sofisticación discordante en la atmósfera de Miguel Delibes imperante en Todos lo saben. En Petra rehace la película a su medida, desde la certeza de que ninguna intervención ajena puede desbancarla. Sintetiza todos los estados de ánimo en uno, porque nadie ha visto feliz a Bárbara Lennie. Y cuando está a punto de mostrar algo parecido a la alegría, hunde el rostro en el pecho de Àlex Brendemühl para no traicionarse al exteriorizar un sentimiento. Esperemos que no desaparezca de la fama sin desvelar su misterio, pero produce curiosidad imaginar cómo la recordaremos. Cuando se ruede una película sin ella, si es que llega el caso.

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