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Con gusto

Europa social

Creo que si todo el programa político de la derecha liberal o iliberal europea consiste en aplicar nuevas restricciones a la libertad y a los salarios, recomendar escasez y austeridad y, en una palabra, sembrar el miedo y la incertidumbre, le allanarán el camino al fascismo 2.0, un fascismo que maneja el manicomio digital y siempre se muestra por el lado favorecedor.

Comprendo que eso no les preocupe: ellos tienen el culo bien asentado, les espera un futuro de sueldos vitalicios y consejos de administración, pero deberíamos hacer algo. Desde el 2002 -hace casi veinte años- que Francia (y con ella el resto del mundo) repite el mismo esquema: gana la primera vuelta Le Pen (al principio contra Jacques Chirac y, al final, contra Emmanuel Macron) y en la segunda vuelta el bloque liberal se compacta con la épica antifascista (la unidad que pregona Carles Puigdemont también es de ese tenor, pero con la «nació» como excusa). La primera vez (con Chirac) tuvo su gracia; la última con Susi Díaz, ya no: la gente no votó por cansancio y no le votó, a la Susi, por cansina.

En política no hay movimientos inocuos (no los hay ni en el parchís) y siempre se cumple el Sagrado Principio del Veneno: si es inocuo, no es medicina; si es medicina, no es inocuo. De hecho bastó la salida de Barack Obama de la presidencia de EE UU para que se decretara deporte nacional el tiro al negro. Los policías tiradores suelen decir que creyeron que llevaban un arma, pero una vez vi una película porno en Rhode Island y había un negro en las primeras filas que removía algo, pero miope como soy nunca lo confundí con una pistola. Luego llegó la lista Hillary Clinton sin otro programa que su propia listeza y la gente votó al friki, con quien se divierte y sueña con patear culos mejicanos.

Lo que quede de la Europa social hará bien en revisar viejas actas: allí viene explicado porque si no, el neofascismo hará su camino porque es más fácil defender un delirio que una idea, lamentar que actuar, consolarse que criticarse y culpar a los inmigrantes, a los judíos o a los moros de la mala cabeza de los cristianos.

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