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La opinión publicada

Parecerse a España

Desde que, en 1982, el PSOE alcanzara el poder y comenzara su larga hegemonía política, fueron muchas las explicaciones que intentaban responder a los porqués de su éxito. Una de ellas, que tuvo (y aún tiene) mucho predicamento, es que el PSOE es el partido que más se parece a España. El PSOE es un partido de centro izquierda en un país que mayoritariamente se ubica en esa opción ideológica; es un partido que está indisolublemente vinculado con la adopción de una serie de derechos sociales, como el aborto o el matrimonio homosexual, que en su día (y aún hoy) resultaron polémicos para determinados sectores de la población, pero que constituyen avances sociales indudables y concitan un apoyo claramente mayoritario; y es también un partido con sensibilidad autonomista -que nunca ha acabado de evolucionar hacia el federalismo, más allá de las habituales proclamas-, y que durante décadas pareció ser una opción viable para aquellos ciudadanos que buscaban reconocer y defender la diversidad regional, sin por ello evolucionar hacia el nacionalismo ni el soberanismo.

Por esta última razón, históricamente el PSOE ha disfrutado de algunos de sus principales graneros electorales en las nacionalidades históricas (Cataluña, Euskadi, Andalucía, Comunitat Valenciana). La principal excepción es Galicia, donde el PP es, de facto, un partido regionalista que ha integrado con éxito parte de esa sensibilidad (lo mismo hicieron Zaplana y Camps en la época de hegemonía del PP en la Comunitat Valenciana, y precisamente por eso lograron revertir la mayoría de izquierdas).

Pero parecerse a España en el debate territorial es también una posición muy complicada, porque, como es evidente, esta es una cuestión que no se ha solucionado, y que tal vez nunca se solucione (o se solucione de forma traumática); el debate territorial se ha polarizado (siempre acababa polarizándose) en torno al eje nacionalista, con un choque de trenes (nacionalismo español vs nacionalismos periféricos) que cogía en medio al PSOE, y le hacía dar vaivenes. Porque, aquí, parecerse a España significaba albergar, dentro del mismo partido, planteamientos diversos, difícilmente conciliables. La sensibilidad autonomista podía enraizarse más claramente en torno al nacionalismo español (la autonomía frente a la pulsión nacionalista periférica), o dibujarse en espacios cercanos al federalismo.

Las recientes elecciones andaluzas han demostrado que esta cuestión sigue teniendo mucho peso electoral, y que España ha virado claramente hacia el centralismo. Al menos, por el momento. La derecha española se siente cómoda en ese espacio y en ese debate, y es normal que así sea: la cuestión territorial enraiza muy fácilmente con la identidad nacional. Y la derecha, en ese aspecto, no tiene problemas de identidad. El PSOE, en cambio, sí. Porque sumarse a la derecha en su defensa de determinada identidad española (en modo "choque de trenes" contra el nacionalismo) es un juego en el que tiene poco que hacer (el público siempre preferirá el original a la copia); pero, al parecer, es incapaz de diferenciarse con una propuesta creíble y atractiva, que se alejase de sendos nacionalismos y desarrollase esa tercera España con la que seguro que muchos ciudadanos se sentirían acogidos, pero que siempre se queda en una mera declaración de intenciones.

Mientras el PSOE no apueste claramente por un proyecto específico en esta cuestión, y sea capaz de defenderlo y de distinguirse con nitidez de los dos bloques confrontados, será difícil que recupere posiciones. En ello, posiblemente la Comunitat Valenciana y el PSPV tengan mucho que decir. Ahora mismo la nuestra va a pasar a ser la principal comunidad autónoma gobernada por los socialistas. Y es, también, un territorio que se parece bastante a España: fundamentalmente moderada (a derecha e izquierda), con sensibilidad autonomista (que, además, alcanza también a parte de la derecha: véase, si no, cómo el PP valenciano ha apoyado la reforma del Estatut d'Autonomia, dejando fuera de juego a Toni Cantó y Ciudadanos), pero con un sentimiento españolista aplastantemente mayoritario. Incluso existen tensiones territoriales internas entre la capital (València) y el principal polo demográfico-económico alternativo (Alicante).

Por eso es muy buena noticia para el PSPV que, al menos por ahora (con Pedro Sánchez nunca se sabe), y aunque sea para aprobar los Presupuestos y permanecer unos meses más en la Moncloa, hayamos asistido a esta momentánea distensión entre el Gobierno español y el catalán: la perspectiva socialista que defiende el PSPV es la que, por ahora, parece que adoptará el PSOE. La otra, la de Lambán, García Page y Susana Díaz, que pasa por soflamas como ilegalizar a los partidos independentistas, es un espacio en el que el PSPV tiene poco que ganar: para decir y hacer esas cosas ya está la derecha, ahora acompañada por la extrema derecha.

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