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Lobos

Un lobo piloñés se ha merendado a las ovejas que habían sido reservadas para acompañar a la cabalgata de Gijón la noche de Reyes. Alguien debió avisar al animal salvaje del desaguisado que suponía dejar al cortejo gijonés sin churras ni merinas en vísperas del aterrizaje de los Magos. Si bien habría que preguntarse por qué el Ayuntamiento se puso montuno y carnero y se fue a cardar la lana cerca de Infiesto en lugar de ponerse en manos de un ganadero de Deva, por no ir más lejos.

Por mucho que se empeñara José Agustín Goitisolo en versificar a un cánido al que maltrataban todos los corderos, hay que reconocer que el lobo es especie que cuenta con mala prensa desde tiempos inmemoriales. Desde Caperucita para acá no hay quien defienda al animal más ladino de nuestras pesadillas infantiles. Ojo con apartarse del buen camino, con dejarse embaucar por desconocidos, que el peor lobo no es el de Perrault o el de los hermanos Grimm sino el hombre que resulta lobuno para sus semejantes, "homo homini lupus". Que crezca el número de mujeres devoradas por las fauces de bestias salvajes dañinas que atacan en solitario o en manada recomienda convertir las cárceles en chorcos y callejos. Y en las escuelas, leer a Hobbes para que las nuevas generaciones estén en alerta de lo que se pueden encontrar a la vuelta de la esquina.

Para entender al lobo y prevenir sus andanzas, sea animal de cuatro patas o de dos, hace falta insistir en la eficacia de la educación. Aunque siempre habrá quien, desde el interés de los radicales, preferirá el recurso a la estricnina y la lobotomía.

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