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La ventana

El corazón da la talla

El cuento de las comadrejas, de Campanella, reconcilia con el cine tras una racha de estrenos que para qué. Ha tenido que ser con el artífice de Luna de Avellaneda, El hijo de la novia y El secreto de tus ojos con quien regrese a esa casilla en la que sales de la penumbra convencido de que lo que espera fuera va a ser mejor. Luego aguanta lo que aguanta porque para eso es ficción, pero que nos quiten lo bailao.

Siempre me he preguntado cómo lo logran los argentinos cuando habitualmente el país no hay por dónde cogerlo. El gran Enric González, aunque no sea porteño, describía la situación y no es ninguna performance: «El futuro inmediato no depara más que sacrificios. La caja del súper seguirá siendo el altar donde se oficia el lento ritual de la austeridad doméstica: vales de descuento, prescindir de productos si la cuenta es alta, negociación de plazos... El invierno será frío porque el aumento de las tarifas de electricidad y de gas -entre el 300% y el 600% durante el mandato de Macri­- hace prohibitiva la calefacción en muchos hogares». La penuria incentiva la creatividad, ha de ser eso. Y no es que se dé solo en el cine ni que Campanella sea su único profeta. Repasen distintas pasiones. De hecho, la historia de las comadrejas es un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico, de un director argentino nacido en el 25 y estrenada en el 76, que supuso el adiós de un grande de la talla de Mario Soffici y en cuyo reparto figura Ibáñez Menta, padre de Chicho, lo que confirma que por esas latitudes siempre es buen momento para la comedia negra, tanto si es el año del arsénico como el de las comadrejas.

Así Campanella ha colocado entre los protagonistas a Marcos Mundstock, voz profunda de Les Luthiers, entre otras razones de peso por ser su mayor ídolo de allá y resulta que está para comérselo. Otra tesitura interiorizada respecto al peso es la consabida de que cuando llega la noche el PIB sube vertiginosamente y, en cuanto los argentinos se levantan y toman el control, sucumbe. La emoción, que les pierde.

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