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360 grados

El primer Brexit fue con Enrique VIII de Inglaterra

Se me quedó grabada de niño una frase de una biografía del descubridor de la penicilina, el escocés Alexander Fleming, que me regaló mi padre. «Los escoceses, escribía al comienzo su autor, André Maurois, no son ingleses».

Y lo demostraron una vez más al votar mayoritariamente en contra del Brexit, al igual por cierto que los norirlandeses, en el referéndum convocado por el hoy casi desaparecido ex primer ministro David Cameron, quien, queriéndose sólo quitarse un problema de encima, se equivocó de cabo a rabo.

¿No sería un justo castigo a Londres el que, si se llega al Brexit duro con el que amenaza Boris Johnson, los escoceses, desde siempre más europeístas que sus vecinos, convocaran una nueva consulta y decidieran separarse de Inglaterra?

¿Y que al mismo tiempo en Irlanda del Norte se intensificaran los esfuerzos a favor de la unificación con la República de Irlanda por parte de quienes allí abominan del apoyo del intolerante y reaccionario Partido Unionista Democrático al Gobierno que los metió a todos en semejante lío?

Es cierto que los ingleses -porque el Brexit, hay que insistir, es sobre todo cosa de Inglaterra-, nunca se han sentido realmente europeos. Winston Churchill, el británico más admirado por ese pueblo, más por ejemplo que William Shakespeare, ya lo dejó bien claro en su día.

«Estamos con Europa, pero no pertenecemos a ella (...) No formamos parte de ningún continente, sino que pertenecemos a todos», dijo ese político conservador, pensando sin duda en el viejo imperio marítimo.

Cuenta que en otra ocasión Churchill le espetó al primer jefe de Gobierno de la RFA, Konrad Adenauer: «Esté tranquilo, señor Canciller, siempre estaremos junto a Europa». A lo que el alemán, entre decepcionado e incrédulo, replicó: «Pero señor Primer Ministro, Inglaterra es parte de Europa».

Esa actitud displicente hacia Europa, no exenta de soberbia, es algo que viene de lejos. Ya en 1714, el vizconde de Bolingbroke, secretario de Estado británico que negoció la paz de Utrecht, expresó un pensamiento muy parecido: «Somos vecinos del continente, pero no parte de él».

Hay algún historiador como David Starkey que habla incluso de lo que podría ser un antecedente del Brexit: el que supuso la ruptura del rey Enrique VIII con el Papado para crear la Iglesia de Inglaterra, una Inglaterra que bajo Isabel I iba a mostrarse cada vez más segura de sí misma.

Aquel cisma provocó en su tiempo acalorados debates en el Parlamento, como hemos visto también estos días a propósito del Brexit, aunque afortunadamente en nuestra época ya no se les corta la cabeza a los disidentes como ocurrió entonces con el lord canciller, Tomás Moro, acusado de alta traición por no prestar juramento antipapista.

Hay quien, como el gran escritor irlandés James Joyce, veía la mejor encarnación literaria del espíritu independiente del pueblo inglés en Robinson Crusoe, el héroe de la novela homónima de Daniel Defoe, el náufrago que sobrevivió cerca de treinta años en una isla desierta.

Aunque hay que aclarar que ese marcado espíritu insular no ha sido obstáculo para que sus políticos se interesasen una y otra vez por Europa, en el sentido de intentar mediante astutas alianzas con las distintas potencias mantener un equilibrio político, impidiendo así que alguna se volviese demasiado fuerte en el continente.

Hay quien interpreta también la desconfianza que parecen sentir muchos ingleses por la Unión Europea como una manifestación de las dificultades que tiene ese pueblo pragmático para pensar en abstracto: prefieren ocuparse de hechos concretos en lugar de aspirar a un Estado europeo como objetivo último de un proceso unificador. Lo único que siempre les ha interesado de Europa es el libre comercio.

Y sobre todo, los influyentes tabloides británicos, que no dejan pasar una ocasión sin recordarles a los alemanes que perdieron la guerra, nunca han ocultado la repugnancia que les produce una unión en la que parecen ver sólo un nuevo intento de Alemania por dominar el continente, sólo que esta vez mediante la economía y no manu militari.

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