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Con solo una historia basta

Como bien se sabe, Sevilla es una de esas ciudades dividida por el río. Está la parte antigua, la romana, la árabe y, frente por frente, la silueta del arrabal que en el XV poblaron los gitanos, llamado Triana. Estos contrariaron a los genes, dejaron de ser nómadas, se mezclaron con los descendientes de Trajano y Adriano y se establecieron en esa margen como herreros, alfareros y matarifes, mientras compartían corrales y, en el caso de que la Gloria no bajara a cocinar, se arrimaba entre todos una parte para que la pareja y los churumbeles no se quedaran sin papeo antes de que Pepa La Calzona y los Montoya sacaran el postre soltándose el pelo en el patio. Dado que estaban en la gloria, el día de mañana podía esperar.

No obstante, a finales de los 50 del siglo pasado el valor urbanístico se disparó y una orden gubernativa expulsó del barrio hasta al último de ellos. Se presentó la policía, la guardia civil e incluso tropa del ejército y, bajo la excusa de que las casas estaban en ruina con el consiguiente peligro, cargaron los cuatro enseres y, de la noche a la mañana, fueron repartidos entre antiguas cocheras de tranvías, separados por mantas hasta ocupar las naves, y una especie de campos de refugiados en el quinto pino donde fueron colocándose barracones de uralita sin agua ni sanitarios. Vamos, lo ideal para pasar allí agosto.

De esta forma se sepultó la gitanería en Triana. Lo retrata un documental paseado por los grandes festivales del mundo y en los que todo quisque se hace cruces al no tener ni idea tal como ocurre aquí. A una descendiente le dio por reunir en el 83 a históricos corraleros en el teatro para formar una bulla a modo de adiós, después de que aquel proceso endiablado hubiese finiquitado mandando a familias, que por siglos tan buen rollo emitieron, a las tres mil viviendas junto a un aluvión de marginados donde la droga y el ambiente más tirado propició un auténtico genocidio.

¡Cómo vamos a trasladar los famosos restos del Valle de los Caídos! ¿No aprendemos? Ya está bien de sufrimiento, por favor.

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