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Las que tenemos un deje romántico o, básicamente, somos un pelín mayores usamos el papel. Leemos los periódicos tradicionales, compramos libros en librerías y usamos las agendas de siempre. Las del calendario en la primera página y la semana a vista. Apuntamos las revisiones del dentista, las clases de inglés y los cumpleaños. No falla ni uno. Y es que felicitar es importante. Es celebrar que alguien ha nacido y es una buena excusa para ponerse al día. A pesar de tener claro que quiero felicitar a quienes me importan, muchos se me pasan. ¿Por qué? Pues no sé. Porque me acuerdo a las dos de la mañana y no es hora, porque caigo en la cuenta una semana antes y tampoco es el momento o porque se me enciende la bombilla mientras hago algo que creo que es urgente. Después me justifico y prometo que el año que viene no me sucederá. Pero, ¿y si no hubiera un año que viene?

Mi amigo Joan Pere Zuazaga cumplió 52 años el día 7 de junio. Lo sabía, porque le felicitaba cada año. Lo sabía, porque lo habíamos celebrado juntos muchas veces. Lo sabía porque, al igual que para muchos, Joan Pere era una persona querida e importante para mí. Y, sin embargo, no le llamé. Una niña me dijo que siempre se declararía a los niños que le gustaban. Según ella: «Si quiero a alguien, es bueno que lo sepa». La afirmación, al igual que la niña, es emocionalmente sabia porque, si lo piensas bien, no tiene mucho sentido que las cosas, sobre todo si son buenas, se queden en el tintero. Joan Pere me gustaba mucho. No en el sentido de amor romántico y sí en el resto de todos los sentidos. Si le hubiera llamado, se lo habría dicho. Habríamos recordado la noche que salimos mi amiga Sabina, él y yo a bailar y en la pista, con la música de Wax, se arrancó los botones de la camisa y se quedó con una camiseta imperio y los brazos en alto. Habríamos recordado las fiestas de Navidad o el día que le regaló a mi hijo un mono para un bebé de dos meses cuando él ya tenía cinco años. Si le hubiera felicitado, le habría preguntado si estaba enamorado, qué proyectos tenía, habríamos fantaseado con actuar juntos y me habría dicho que se iba de gira por Perú. Nos habríamos dicho que, aunque no nos viésemos, nos queríamos de verdad. Eso nos habríamos dicho si le hubiera llamado el día 7 de junio. Pero no lo hice.

Si hubiera sabido que mi amigo Joan Pere iba a morir el pasado jueves 22 de agosto, le habría dicho que le admiraba. Porque era valiente, una persona libre y no le importaban los convencionalismos. Porque tenía un sentido del humor sublime y era políticamente incorrecto. Porque era honesto, inteligente, bueno y leal. Porque tenía una carcajada contagiosa y siempre sabía ver el lado bueno de las cosas. Pero no se lo dije porque no sabía que iba a morir. Y no le llamé porque pensé que tendría una nueva oportunidad el año que viene. Si quieres decirle algo a alguien, hazlo. Que no se quede nada en el tintero. Y hazlo ahora.

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