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Por cuenta propia

El enemigo silencioso

El fin del mundo llegará en forma de apocalipsis vírico o bacteriológico. El enemigo secreto tiene dimensiones microscópicas, es silencioso y anida en nuestra piel, en el aire que respiramos y en el agua que bebemos desde el principio de los tiempos, en que empezó a gestar su propio ejército de embriones mortíferos. Hemos dedicado más tiempo y esfuerzos a tratar de conocernos a nosotros, los humanos, que a indagar sobre los microbios, con los que mantenemos una relación casi simbiótica y que en supervivencia y evolución nos dan algunas vueltas. Al final, nos da lo mismo caer en paranoias que despreocuparnos hasta el extremo de la irresponsabilidad.

Como toda madre primeriza, sufrí en mis neuronas la insidiosa duda sobre qué vacunas debía administrar a mi hijo al margen de las obligatorias, que en ese momento variaban según la comunidad autónoma. Felizmente, el pasado mes de enero entró en vigor un calendario unificado en todo el Estado que contempla la inmunización contra 14 enfermedades infecciosas. Luego llegas a la consulta del pediatra y te plantea el dilema de administrarle al crío, por si acaso, alguna otra que no está cubierta por la Seguridad Social, un criterio que varía de un facultativo a otro y que, sin ser yo una «antivacunas», te hace cuestionarte si optas por plantarte o vas a asegurar. Además, entre la población en edad reproductiva circula habitualmente la creencia de que los niños se inmunizan de forma natural cuando al llegar la época de guardería sucumben uno tras otro, una semana sí y la siguiente también, al último virus de turno, de modo que se pasan tres años reforzándose el organismo a base de someterlo a fiebres, catarros y exantemas quincenales. En fin, que la infancia es ese tiempo de cuarentena en que el organismo parece un laboratorio de resistencias.

Mecanismos como la vacunación nos han permitido relajar las alertas y mantener a raya las modernas pestes epidémicas en sociedades más o menos desarrolladas como la nuestra. La malaria o el ébola son términos que asociamos con lugares alejados, con una infraestructura de salud pública deficitaria. Pero posiblemente esta cultura de la prevención nos ha hecho más vulnerables a virus que fueron tan comunes en otro tiempo como el del sarampión, de modo que un brote de 90.000 casos en un semestre en Europa es como para encender las alarmas y recomendar la profilaxis masiva y sistemática a quienes se calcula que, por edad, no la recibieron en su día y tampoco estuvieron expuestos a la enfermedad. Bienvenida sea la precaución, aunque las autoridades ya han advertido de que no debe cundir el pánico.

Iremos ganando batallas a los virus y a algunas bacterias, pero otras nos pisan terreno y es por propia desidia. Desde el foco de listeriosis en el sur de la Península hasta el casi centenar de casos de gastroenteritis detectados entre los comensales recientes de un restaurante asiático de Palma, no nos libramos de la falta de escrúpulo higiénico propio o ajeno. Somos omisos y marranos. A poco que escarben debajo de su sombrilla obtendrán ustedes fósiles desguazados de toallitas húmedas que han viajado desde algún inodoro hasta la arena que pisan, con el beneplácito del etiquetado, que indica falsamente que son aptas para el váter. El veneno está potencialmente bajo nuestros pies, en el agua que bebemos, el aire que respiramos o la carne con la que nos alimentamos. Pasa ante nuestros ojos y solo reaccionamos cuando nos duele algo, cuando su efecto se ha acumulado. Algunos se preguntan, y es perfectamente normal, cuántos lustros llevan las conducciones subterráneas escupiendo nuestra propia basura al mar en el que nos zambullimos, sin que nos hayamos enterado. Hay, en general, una falta de cautela de la que no somos conscientes hasta que no existe evidencia física de sus consecuencias y repuntan las dermatitis, las alergias o las intoxicaciones de urgencia en los centros de salud. Lo malo es que contra esa estupidez, otro enemigo silencioso y en ocasiones invisible, no tenemos vacuna.

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