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«Tomeu, dutxa't!»

La piscina del pueblo es un mundo. En pequeño y pasado por agua, pero un mundo, al fin y al cabo. Hay historias de vida, de amor o de despedida. Dos mujeres embarazadas hacen largos. Una, a braza, y la otra, a crol. Son buenas nadadoras y eso se nota, tienen esa manera de sacar la cabeza y de mover las manos que solo las buenas nadadoras tienen. En cuanto trepan por la escalera, se acarician la barriga y se añaden protección solar en frente y bigote. Ahí hay ilusión.

En la parte poco profunda, un grupo de niños juega a Marco Polo. Uno, con los ojos cerrados grita: «¡Marco!» y el resto chilla: «¡Polo!». El primero debe pillar a quien pase por delante y así pasan las horas. Simplicidad, divino tesoro. Una guapa hace topless y lleva un sombrero enorme. Los hombres la miran y las mujeres, pues también. Un hombre depilado está sentado tres tumbonas a la derecha de la chica resultona. Le cuelgan dos pinganillos de las orejas y, claramente, no ha desconectado del trabajo. Habla por teléfono dando órdenes y haciendo aspavientos. He invertido tiempo tratando de averiguar en qué trabaja y dónde se depila. No lo he conseguido, para él ni existo. En el fondo de la piscina hay un grupo de adolescentes. Juegan a empujarse y, entre y entre, se meten mano. Solo un poquito. Lo justo para mantener la ilusión y querer volver al día siguiente. Hay abuelas que cuidan de sus nietos como si fueran aves guardianas, hombres que leen best sellers, mujeres que dormitan escuchando música con sus casquitos, una madre que repite a sus hijos que salten lo más lejos posible del bordillo y un recién divorciado que ha vuelto al mercado libre del ligue. La vida sigue, menos mal.

En ese microcosmos, sobresale la historia de un matrimonio que ronda los 70 años. Ella mueve las piernas agarrada a un churro de espuma azul. Transmite serenidad, lleva una visera de rafia y aún le dura la pintura de ojos de la noche anterior. Observa a su marido acercarse a la piscina y le grita: «Tomeu, dutxa't!». Él la mira y sonríe sin hacerle caso. «Que te dutxis, Tomeu», insiste. Él se acerca a la pared y aprieta el botón. Se moja solo las manos y se gira buscando su aprobación. A pesar del suspiro de resignación y de que se le hinchen los agujeros de la nariz, sigue irradiando serenidad. Finalmente, se pasa por agua y, en un arrebato, se lanza en bomba sobre ella. «Està boníssima. No trobes, Tomeu?», le susurra. «Tú sí que estàs bona», le responde mientras se acerca estirando los brazos. Y ella se deja querer, casi como las adolescentes del fondo. Tomeu, probablemente por su enfermedad neurológica y a pesar de la edad, tiene maneras de niño. Ella demuestra su aceptación incondicional y todo parece normal. Se secan y se anudan la toalla bajo las axilas. Tomeu abre la cesta para coger las llaves del coche. Ella se las roba de las manos y niega con la cabeza. «Sé conducir», le dice él. «Seguro que sí, Tomeu, pero el médico no lo aconseja, ¿recuerdas?», le contesta flojito para que solo él la oiga. Y él se resigna. Aquí hay amor. Y una buena historia.

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