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Maite Fernández

Mirando, para no preguntar

Maite Fernández

Procrastinar

Y seguimos como nos habíamos quedado, sin gobierno. Dicen las encuestas que los ciudadanos hemos perdido la confianza en quienes nos gobiernan, en los políticos y en la política. Eso es malo, sin duda, para la democracia. Pero es peor si lo que percibimos es que los propios políticos recelan de ellos mismos. Desconfían los unos de los otros y eso les impide avanzar para conseguir acuerdos. ¿Cómo acordar algo con quien no tiene tu confianza? ¿Cómo se puede iniciar una relación si no te fías de tu compañero?

Nos hemos plantado en septiembre -las elecciones fueron a final de mayo- sin que se hayan resuelto uno solo de los problemas del país. El trabajo de unos y otros -nuestros políticos- ha estado más en fijarse en el contrario, en leer las encuestas, en preparar el «relato», la estrategia, en escenificar los estribillos, las consignas de una campaña que parece ser eviterna (que no tiene ni principio ni final). El país sigue funcionando, sí. Hemos vuelto a la rutina diaria, las familias se buscan la vida, las empresas sortean las señales de enfriamiento de la economía que nos anuncian desde Alemania. La vida sigue a pesar de los desencuentros entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias o ante los discursos auto justificantes de Pablo Casado y Albert Rivera.

Parece que ellos han olvidado que para los ciudadanos el curso comienza con la cabeza puesta en otras cosas: en el precio de los libros de nuestros hijos o en su situación laboral, en la operación de su hermana, en comprobar si podremos pagar la hipoteca o incluso en atender a las recomendaciones de la ONU sobre el cambio climático. El debate político parece ser el ruido de fondo que atendemos de cuando en cuando para comprobar que nada se mueve, que todo sigue igual. Vamos a acabar por creer que lo que realmente diferencia a España es que siempre está a medio hacer, que todo es provisional, como las estaciones del AVE.

El tiempo no siempre lo resuelve todo. Quien espera en que el paso de los días temple las cosas, quien todo lo fía al cambio de las estaciones se equivoca de cabo a rabo. Llega septiembre y retomamos nuestra lista de buenas intenciones: ir al gimnasio, matricularnos en nuevos estudios, disfrutar más tiempo con la familia… Pero pasan los meses y seguimos teniendo excusas para no hacer lo que debemos. A eso se le llama procrastinar, una expresión que según el diccionario de la RAE quiere decir «diferir, aplazar». Una palabra que se usa cuando una persona aplaza tanto una tarea que no la realiza nunca. Dicho de otro modo, se suele emplear para definir una anomalía, el vicio de aplazar o diferir más tareas de las que realmente realizamos. Todos somos en ocasiones procrastinadores, no lo voy a negar. Pero el trabajo nos obliga, la responsabilidad nos recuerda que debemos seguir adelante.

Hay que conseguir un gobierno estable. Una dirección capaz de invertir, de regular de volver a poner en marcha este país que, como ayer decía Ximo Puig en su entrevista con Àngels Barceló, «está estancado desde hace 5 años». Hay que recuperar la confianza para salir del atasco en el que nos encontramos. Superar el impase en el que estamos inmersos para resolver aspectos como el de la financiación autonómica. Invertir para crecer. Trabajar sin procrastinar.

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